Los poetas no mueren

Los poetas no mueren

Marzo 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Para Álvaro Bejarano“Los poetas no mueren”, fueron las últimas palabras de Jean Cocteau en Melly-La-Forest. “Sólo fingen morir”, le terminó de cantar al tiempo el gorrión de París desde los Alpes Marítimos, donde desfallecía el 10 de octubre de 1963, y mientras el 11 ella era llevada en andas por 40.000 personas hasta Pere Lechaise, él, que era su alma hecha amigo, se encerraba para siempre en la Chapelle de Saint-Blaise-des-Simples, al pie de su casa-museo, con un ejemplar de Opio sobre su pecho. Ese mismo día, me acuerdo como si fuera mañana, me divorciaba de mi primera concubina, la encantadora Diany que me daba la sopa de su cuchara, cuando me puso la imposible alternativa de “la poesía o yo”, sin maliciar que para mí eran la misma cosa, con la diferencia de que podría vivir sin ella pero no sin la poesía. Ni sin los libros de Jean Cocteau, ni sin el opio del pueblo, que para mí era por entonces la yerba del desapego.Para inmortalizarla, como es la misión del poeta con quien lo alienta, había comenzado nuestra novela autobiográfica ‘La frente cubierta por el cabello’, pero hube de suspenderla, no tanto porque su huida me dejaba falto de tema, sino porque se me comenzó a caer el pelo. Me quedé a solas de farra con la poesía, que a más de mi amante y mecenas y celestina ha sido mi lazarillo, pues a ella le di mis ojos, a ella, la aguantadora, de la que hasta el sol de esta noche no me he separado, desembarazado, desenamorado ni desenconchado, y espero que esta relación ya longeva resista hasta que lance el último ¡cuac!Porque el penúltimo son estos versículos que según se estila en los homenajes equivale a la despedida, pues los poetas homenajeados no asisten a las ceremonias que siguen, con mi excepción exótica porque permanezco confiado en que los poetas no mueren, como expresó Cocteau cuando inhalaba el último aliento, y sólo fingen morir, como agónica le cantara la piafante Edith Piaf.Debo advertir en defensa de quienes me dejaron hecho mares de sufrimiento que de no ser por ellas no me estaría sacando estos clavos de la corona, pues no hay poemas más malos que los que dictan los amores felices. Cuántos polvos perdidos no terminaron en epigramas edificantes. He tomado la poesía en su copa como una rosa de vino, de la poesía me hice asceta, hierofante, derviche, me hice maromero por los abismos y hasta casto me están volviendo, por más bien parado que me mantenga en este séptimo piso. La poesía me lo ha dado todo y como todo se lo he aceptado, hasta los honores que no merezco, tengo prisa en restituírselo. La poesía impidió que me contagiaran el sida, que me cosieran a balazos, que terminara en la cárcel de Lecumberri. La poesía me agenció un puesto como ‘copy’ publicitario, me habilitó una mansarda, me llenó los brazos de amigos, de alimento las tripas y de amadas el corazón. Por la poesía viajé por primera vez en avión y la primera vez que salí del país caí en Macedonia. Por la poesía conocí a Ledo Ivo y cené con Nicanor Parra, me bañé con Floriano Martins en las playas de Pernambuco, me dio un beso Blanca Varela y yo se lo di a Raquel Jodorowsky. Por las poesías que le hice a mi padre sastre tengo un amigo sastre que me viste sobre medidas y un editor que aguarda la novela de las agujas. Cuando Alegre Levy la periodista le preguntó al profeta Gonzalo Arango que haría en la vida éste le respondió sabiamente: “Nada, y después morir”.De no ser por la poesía no estaría estrenando pelo y zapatos y es posible que ni siquiera hubiera nacido. Si no entro en el Nirvana, y si el planeta no se acaba, la próxima encarnación quiero ser poeta. Termino estas palabras de gratitud para con la vida con el epitafio de Jean Cocteau: “Je reste avec vous”, “Quedo con ustedes”.

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