Los huevos del gallo

Marzo 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Todos los días salgo de casa dispuesto a aliviar las penas del mundo, sin un peso en el ‘canguro’. “Dejá de pensar en salvar a la humanidad -me señala mi mujer-, que ya el existencialismo pasó, periclitó el comunismo y hasta la caridad cristiana entró en crisis. Pensá más bien en velar por los tuyos viendo cómo pagamos estas facturas.” Como si los míos no fueran todos. Todos eran mis hijos, así se llamaba la obra de Arthur Miller, en la que adolescente en el TEC hice el papel de Joe Keller para denunciar los negocios de la guerra. Tiempo perdido.No era que su muchacho se la pasara, como cuchicheaban papá con mi abuela, “haciendo versos” o “pensando en los huevos del gallo”, mirando hacia el techo o sumergido en la inanidad. Yo sí tenía claro que no había hecho el retorno a la vida humana sólo para comer y excretar, ni para perpetuar los eslabones esclavos del apellido. Tenía que hacer lo posible por reversar el proceso a los condenados de la tierra. Había los caminos de la compasión o las armas. Merced a la peste de Alzheimer he olvidado de dónde nos salió el embeleco de echar sobre los hombros los pecados y pesares de la humanidad en cadena, mientras que otros se hacían ricos precisamente haciendo cadenas. Con mis camaradas poetas clarividentes de entonces nunca supimos cómo cargar un fusil y por eso no hicimos la revolución, como tampoco la hicieron los que lo cargaron y recargaron.Pero, cómo no penar por las guerras que anonadan a tantos países, por las hambres y pestes y catástrofes naturales que los asolan, por los masacrados de anoche, por los desaparecidos de antier, por los desplazados de hoy con sus ojos de faros en los semáforos, por los secuestrados de hace años, por sus parientes desvelados, por los presos sin una rendija de luz, por los ambulantes de sida, por los que no quiere nadie. Abominar de quienes toman las decisiones atroces ¡cómo no!, y esperar porque un día sintieran en su duro pellejo el doloroso resultado de sus desmanes. Tocaba hacerlo, sobre todo si teníamos el don de la palabra y dónde imprimirla.Mi maestro perfecto me lo había dicho desde cuando era muy joven: “No dejes que caiga la noche sin haber hecho algo por alguna criatura. Y si no has logrado hacerlo, hazlo en la noche.” Desde el comienzo, tal vez ante mis principios sesgados o ante la influencia de mistagogos sensuales, pensaba que hacer algo por alguien, hacerle el bien, podría ser algo como hacerle el amor. Y a ello me apliqué con un entusiasmo místico. Seguía la norma del Buda, según la cual había que hacer la mayor cantidad posible de contactos con criaturas del mundo exterior, así fueran seres ilusorios. Y qué más contacto que tocar con tacto. Una costilla estremecida con un buen par de caricias dará férvido testimonio de que tal aporte amoroso es más preciado que ninguna otra dádiva. Por lo menos imprime la seguridad de una existencia en el roce con la divinidad, saliendo del vasto mundo de las apariencias.Respecto del reclamo por los desmanes del mundo, por más empeño que se ponga se corre el riesgo de tacar burro. Los escritores públicos lo que hacemos es rellenar unos espacios con opiniones impresas -y a veces con denuncias- que no conmueven ni al conglomerado ni al señor juez. Y así, quienes pretendemos orientar a la opinión hacia pasos recomendables para la salud del país nos quedamos con un palmo de narices, enfrentados a la inapelable y descorazonadora decisión de la comunidad sin cabeza. Ante esa realidad que se come nuestra pretendida influencia, continúo en mis escritos de prensa -recurriendo a los versos y a pensar en los huevos del gallo, en lo que debo reconocer me pasé la vida-, haciendo la evocación peregrina de esos episodios del antepasado que fuimos y de los cuales, a pesar de la peste de Alzheimer, aún tengo clara memoria.

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