Los 50 de mi esposa

Los 50 de mi esposa

Septiembre 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Dada mi debilidad por el sexo joven aún, y ahora más que siempre aunque lo disimulo mejor, nunca pensé estar casado con una mujer de 50. Habría que abonarle que hace 25 ella tenía otros tantos y yo iba llegando a la cincuentena. Eso significa que me salió buena la torcacita.Barajándola más despacio, en días pasados cumplió medio siglo la chiquilla que me deparara la suerte, media vida a mi lado, a mi lado izquierdo en el lecho y en el coche pues es ella quien me conduce. Y nunca hemos tenido un choque, he resultado buen copiloto. Caminando por la calle va a mi derecha, ya que es con mi derecha con que la tomo de gancho o se la paso por la cintura o sobre los hombros. En la mesa estamos siempre de frente, mirándonos a los ojos al chocar nuestras copas de vino para evitar 7 años de malos polvos. Todas las noches nos besamos, luego de que apagamos al tiempo las lámparas de lectura, la de ella de temas espirituales y la mía con motivos  más ignominiosos. Ya cuando el sol por la ventana nos despierta con su dedo de luz, espero a que ella escoja mi ropaje del día, de acuerdo con mi tipo de compromisos. Sport y de colores chirriantes para conferencias en academias, y de corbata, sombrero y paraguas cuando no tengo nada qué hacer.Llegó a mi vida cuando creía haberlo hecho ya todo, menos la revolución y la obra maestra. La primera porque los camaradas nos dificultaron hacerla y la segunda porque la obra maestra puede a la larga ser la suma de todas estas carajadas que van saliendo.Cuando vino ésta mi última mujer a picarme arrastre, a mi oficina de lobo publicitario con su canastilla de frutas, no le dejé ni una a su abuela. En un dos por tres estuvo preñada, y como las otras me habían dejado por sus maridos, nos instalamos en mi polvorosa garçoniere de bohemio, de donde al poco rato me sacó en carro nuevo al estrato 5.Cuento estas cosas porque soy un poeta y escritor público del cual mucha gente sabe de sus picotazos rabiosos pero no de sus gloriosas claudicaciones. Y porque son cosas de la vida de todos que emocionan cuando con cierta gracia se narran. El primer triunfo de mi esposa aún por contraer -por cuanto fue la primera novia que se sepa que, ad portas de la ceremonia de matrimonio acuariano en la isla de San Andrés, se dignó contestar que No-, fue el de embarcarme en el misterio de la paternidad, para el que me consideraba negado. Bordeando los 50 años, tras más de 15 abortos, no sabía lo que iba a pensar mamá.Así nacieron Salomé y Salvador, que llegaron con sus panes debajo del brazo. En Sancho me multiplicaron el sueldo, me compraron apartamento y berlina, me llamaron de El Tiempo y El País para que escribiera, el Gobernador de Cundinamarca me ofreció la Secretaría de Cultura, la Universidad Javeriana una cátedra, terminé pensionado con todos los fierros, y ahora estoy encerrado redactando estas memorias en mi opípara biblioteca, donde mi mujer nunca olvida la rosa del escritorio y la leña en la chimenea.Encontré esta nota bajo la almohada: “Soy consciente de que por momentos te hastío y te jodo, es cierto. Que te eches champú, que te laves los dientes, que te suenes, que no sorbas, que no mojes el inodoro, que te pongas este saco, que te tomes estas gotas, que limpies las gafas, que no escribas tal cosa, que no ronques, que salgas a caminar, que no untes de tanta mantequilla el pan, que mira el paisaje, que no bebas tanto, que no grites, que no te preocupes, que no salgas, que sí, que no, que ahora, que no me gustó, que si me gustó, que me huele, que me duele... en fin. Pero eso no es para que te hubieras olvidado de mi cumpleaños”. No lo había olvidado, querida. Estaba dándole vueltas a esta nota para pedirle públicamente a una señora de 50, luego de un noviazgo de 25, que acepte casarse con este joven de 71.

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