Lo rico de ser pobre

Enero 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando estudiaba en la escuela pública, en San Nicolás, e incluso después, abriendo bohemia, era de buen tono hacer ostentación de pobreza. Una pobreza imperceptible, limpia, de sport. Al que señalaban de rico estaba perdido. No porque nos hubiera ganado, sino por lo que se estaba perdiendo.Ninguno aspiraba a ser millonario, ni siquiera cuando creciera. Para ello había que haber nacido en San Fernando o en Granada, según era tradición. Claro que en todas las familias había algún pariente pudiente, al que le había sonado la flauta en los negocios o se había sacado la lotería. O se había casado bien. La tía Matilde, por ejemplo, amasó una fortuna construyendo y vendiendo casas. Y como no las podían terminar de pagar, las recuperaba y volvía a venderlas. Su esposo ‘El Mono’ Merejo, que además de guapo y buen conversador era generoso, se bebía las ganancias en la cantina con los clientes desahuciados. Las hermanas de mi mancorna Víctor Mario Martínez, unas hembrotas solteras y codiciadas, lo mantenían aperado de lujos, como su bicicleta Monark, su cámara Kodak, su reloj Bulova y el viaje a conocer Bogotá para descrestarnos. Diego Navia, que vivía en la 5, era nada menos que el hermano de la reina de Colombia Leonor Navia Orejuela. Luis Alfonso Ramírez estudiaba en un colegio mixto y privado. Yo me llevaba el punto de que vestía pantalones de paño, hechos por mi padre con los retazos sobrantes de su clientela. Una vez, mientras jugábamos bolas, hablábamos de la diferencia de edades de nuestros padres. Cuando les dije que los míos se llevaban diez años, pues cuando nací ella tenía 17 y él 27, se aterraron, y alguno especuló que mi mamá se había casado con mi papá por la plata. Sentí una puñalada en la honra. Pero si mi papá es más pobre que los de ustedes, alcancé a balbucir sacándoles pecho. Sin tener en cuenta que algunos ni lo tenían.Había que aplicar el ingenio para lucrarse. Víctor Mario nos invitaba al profundo solar de su casa, nos hacía subir al palo de mangos, y nos cobraba 20 centavos por ver bañarse en bola a la rubia o a la morena. Después se daba el lujo de invitarnos a todos a una avena en La Covadonga. Yo me construí con sierra y martillo una caja para vender maní, chocolates y papas fritas en el teatro San Nicolás, que un tío político me surtía. No vendí mucho, porque las películas mexicanas de quinto patio me hacían sentir tal hambre que descuadraba la caja. Pero estrené mis bolsillo con billetes de a peso.Los primeros hijos de ricos verdaderos que conocí fueron Andrés Caicedo y Carlos Mayolo, que me arrebatarían el cetro de rebelde e inadaptado. Con sus cuentos de terror y sus cámaras de juguete. Pero ya estábamos grandes, yo andaba por los 20 y ellos por los 15 y los 16. Después a Pedro Alcántara, que además de millonario y gran pintor era comunista; al fotógrafo Guerrerito, errante con sus cámaras por París y por La Merced, y al pintor Kat –hijo calavera de un comerciante–, quien nos sostenía a su mujer y a mí por amor al arte. Por entonces, comenzando el camino, no había nada más delicioso que la carencia. Eso lo emparentaba a uno con los sabios de Oriente, con los luchadores sociales, con los millonarios excéntricos. No saber cómo se iba a almorzar ese día, ni dónde se iba a dormir esa noche.Con el paso del tiempo, unos cuantos -¡benditos!-, lograron mantenerse en esa sabiduría de las aves del campo. Otros caímos en la tentación de guardar para la vejez. Y aquí estamos -¡malditos!- , con una esposa 22 años menor, vodka en mano, y tratando de escribir algo que te guste.

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