Llevados por el diablo

Llevados por el diablo

Marzo 22, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

No se cansa uno de hacer el recuento de las aventuras de ayer que han desembocado en las desventuras del hoy. Se comienza pegado a la negación, y a medida que esas negaciones se vuelven síes en la hondura de la conciencia, sobre la superficie del mundo el estercolero persiste, y de la especie humana la putrefacción del corazón termina por ganar la carátula. Recuerdo mis épocas de ateísmo feroz, cuando Gonzalo Arango andaba buscando adeptos que le ayudaran a proclamar su malsano evangelio de iconoclasta y nuestra sola presencia en las calles hacía correr espantada a la beatería, que veía llegar en nosotros las bestias del Apocalipsis. Escribir dios con minúsculas en nuestros poemas era ya el comienzo de nuestra infamia. De allí habrían de partir nuestras publicitadas blasfemias, el síncope al corazón de los clérigos, las sabrosas excomuniones, el merecido título de archidemonios.Después del sacrilegio que un grupo de consumados nadaístas perpetró en los altares de la Catedral Metropolitana de Medellín, fuimos perseguidos en todo el país por turbas de fanáticos ignaros que por poco nos ponen en la pira. Muchos hubieran querido conocer el olor del nadaísta asado. Y a lo mejor tendrían razón: no se burla impunemente la fe de un pueblo sin proponerle una fe nueva. Y la nuestra era la nada pelada, la destrucción absoluta por el placer de echar martillo, la decapitación de todo lo venerable. Pero por esas cosas que sólo se develan en los tratados de ocultismo, una pasión inesperada prendió en nosotros por los años setenta, cuando la espiritualidad volvió por sus fueros y se establecieron mitos y ritos, las doctrinas de Oriente pusieron los ojos y sandalias en Occidente, de Krishna a Rama y Zoroastro, los grandes iniciados se tomaron comunas y hasta universidades, expulsando a no pocos a sanatorios mentales donde la meditación intrascendental cobra fuerza y paga pensión.Algunos nadaístas, picados por los hongos, caímos en la tentación de devolver el llamado de las divinidades, sin hacer caso de su procedencia. Era más consecuente con las religiones ser pagano que monoteísta, como es más consecuente con los amores ser polígamo que monotemático. Contemplábamos el prodigio de la naturaleza lisérgica y veíamos la creación perfecta de pe a pa, todo estaba bien hecho, las luces bien repartidas, los colores bien combinados, las emociones bien matizadas. Nuestra literatura, infestada de la más virulenta rabia y otros miasmas diabólicos, pegó un brinco. Deshicimos los pactos con el maligno a fin de rescatar así fuera un tercio del alma. Propusimos senderos de salvación luego de habernos declarado perdidos, empezamos a trabajar en la construcción del hombre nuevo y a buscar el elixir de la felicidad a través de la poesía. Pero ya el mal estaba hecho por estas calles de Dios, la manzana había sido mordida por la serpiente. Han pasado unos lustros desde aquellos de los niños de las flores respirando cannabis y luchando por espantar el fantasma de la guerra. Ahora el trueno sin procedencia conocida acaba con la vida de los colombianos en la calle o en su casa. Fuerzas oscuras de un vandalismo que nunca ni en nuestras peores épocas de malignos de salón pasaron por nuestras mentes como posibilidad, han tomado cuerpo y sembrado el miedo. Ya hasta la límpida palabra de exigencia de nobleza es motivo de sentencia de muerte. Los que no caen ensangrentados huyen del país a amasar el pan del exilio. Y a los que quedamos, algunos de ellos pertenecientes a esa banda de exégetas de la barbarie, sólo nos resta musitar con el alma colgada de un hilo: en Colombia, hasta a Dios se lo llevó el diablo.

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