Llegar a viejos

Llegar a viejos

Diciembre 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Creo que llegó la hora de aceptarlo, así sea lo único que nos duela. Llegamos a viejos. Incluso sospecho que nos pasamos. Aunque apenas se nos note por la barba canosa. El esqueleto continúa bien parado y calcificado. Y el buen gusto omnipresente en las papilas gustativas, en las terminaciones nerviosas y en las galerías de arte moderno. Si algo olvidamos es apenas lo contingente, la dama que galanteamos ayer y nos dijo yes, o la clave del cajero cuando acudimos a hacerle el quite. Nunca vi viejos tan sobrados de lote con el sildenafil en la billetera. Lo que les permite volver a nadar en las proezas adolescentes.Antes los vejestorios se contabilizan a partir del medio siglo. Y es el caso que ayer ajusté los tres cuartos, camino de Zacatecas. El regalo de nuestra señora la vida es recibir el Premio Internacional de Poesía Ramón López Velarde 2015, por toda la obra que me ha tocado literalmente parir. Un sufrimiento bien contado da morrocotas. “Hoy cobro por narrar el cuento de mis cuernos de oro”, culmino por allí en un poema. Y digo pensando en García Márquez que si a un poeta le toca comer mierda mientras adelanta su obra, y aguanta, termina cagando oro. La muerte, a la que he venido dejado con la mano estirada, debe continuar por allí volteando, con su inveterada paciencia. Ya se llevó de vuelo a muchos compañeros de pluma que siguen con uno, como si continuaran tecleando en otro país donde no hay correo. En mi caso, creo que la vida me trató mejor de lo que me esperaba. Se me va acercando la hora de cuadrar caja, pero no para irme, sino para saber de cuánto dispongo para seguir tirando, como se dice. Tal vez fue Cioran el que predijo que el que no moría joven terminaría pagando las consecuencias. Pero no veo la vejez como algo tan insufrible. El amigo de la vida de quien me precio, el poeta Eduardo Escobar, benjamín de la corriente nadaísta de la que pirateamos nuestra energía, no se cansa –lo que es síntoma de vigor-, de quejarse de las taras de la vejez. Entre ellas la suspensión del baile que no sea tango, para no ser sometidos al comentario de “miren a ese viejito tan arrebatado”. La búsqueda de protección contra el “chifloncito”. El sentido de aceptación de la belleza en todas las niñas. El olvido en una entrevista del nombre de los padres de la patria. Cuánto hace apenas que éramos niños. Que teníamos que correr de la escuela pública a casa porque con esa cosa del 9 de abril de que hablaba el radio se había desatado el lobo de la matanza. Y más tarde, curiosos, íbamos a la sede del sindicato a contemplar hileras de muertos de la provincia picados a machete por los violentos. O que éramos jóvenes con el afán de transformar el mundo a madrazos, ya que nos sentíamos incapaces de cargar un fusil, y asistíamos a los bailes de cuotas del barrio, por lo menos en mi caso, con los vestidos exitosos de mi papá. Hoy heredo las pintas deportivas de mi hijo Salvador para asistir a mis presentaciones poéticas de Nadaístas al Parkinson o a las Tertulias de Gloria Luz. No me privo de nada por prescripción médica, ni del buen vino, la buena mesa y la buena cama, ya que en algún pasado, por imitar a García Márquez, me tuve que privar de ellas por físicas restricciones. Pese a que la buena salud no es una virtud literaria, sirve para mirar a la muerte a la cara sin que acudan el susto y la tembladera. Si uno está edificando una obra donde ella ni siquiera es protagonista, está poniéndose a salvo de la pelona. Jaime Jaramillo Escobar se burla de ella con desparpajo: “Si me encuentro con la Muerte / ¡qué susto le voy a dar! / Le diré que en la otra esquina / me acaban de asesinar.” Para el poeta, la vejez es salir todos los días por las mismas calles y tomar el mismo tren. Y ver cómo se van deteriorando las calles y el tren.

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