Leer no cuesta nada

Leer no cuesta nada

Abril 19, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Leer no cuesta nada, lo que cuesta son los libros. Como amar no cuesta nada, lo que cuestan son los amores. Como morir no cuesta nada, lo que cuestan son los entierros. El virus de la lectura entra por los ojos y suele conducir al optómetra. Las lentes y las nubes suelen ser el distintivo temprano del buen lector. Pero en nada se pueden emplear mejor los ojos que en trabajar un buen libro, luego de la contemplación del expresionismo y de la cara y el sello de la adorada. Desde niño he preferido un libro a un pastel, sin desconocer que haya autores tan almibarados como indigestos. No recuerdo en mi vida alfabeta haber pasado una sola hora de soledad o desocupación sin leer. Adoro las vallas publicitarias porque le ponen pies de imprenta al paisaje. Si estoy parado en un sitio donde mis ojos no tienen a su alcance nada qué leer, me caigo. Envidio a esos justos que mueren leyendo así sea la Biblia. He leído caminando kilómetros de calles atestadas como cura con su breviario, en las busetas a Dostoyevski entre olores de sobaquina, a la orilla del mar desdeñando un horizonte de nalgas, en Boeing transcontinentales con toda fruición, me he zampado Mahabaratas. En un principio me leí toda la colección de Selecciones y una enciclopedia en doce tomos que compró mi papá por cuotas. No soltaba a un autor hasta haber agotado sus obras completas, incluidas sus cartas, registros de hotel y recibos de lavandería. Y no sólo al autor, sino todo cuanto acerca de él se había escrito. Y los libros y autores que había leído. Eso daba a un laberinto de lecturas con crecimiento geométrico. Libros en rústica, de segunda y en pésimas traducciones eran un manjar a mis ojos, que costeaba con todo lo ahorrado de transportes y de merienda. Acúsome padre que alguna vez robé libros, pero eso fue hace muchos años y en la librería Bucholz. Más que por las mujeres que no conseguí sufrí por los libros que no leí. Esos libros burgueses de pasta fina. Tiempo después tuve dinero de sobra para adquirirlos. Todos los días compraba por lo menos tres tomos de esos toda la vida deseados y los llevaba excitadísimo a la garçoniere, pero ya no para leerlos sino para ponerlos en su sitio, en su silla, acariciarlos, mientras tomaba un té con Berlioz, y antes de dormir colocarlos con toda suavidad bajo mi cobija de pumas para integrarme a ellos por sibaritismo orgiástico de la ósmosis.Pero los libros comenzaron a ascender escandalosamente de precio dejándome atrás en mi capacidad adquisitiva, a mí, todo un alpinista. Ya no me podía dar el lujo de comer, beber, esnifar, tirar y leer. Para mantener esta última aberración, con lo primero que corté fue con la perica, a pesar de su razonable importe. Después me disminuí en los licores, de whisky pasé a Tres esquinas y del champán dorado a la pola. Y así hasta abandonar por completo el alcohol ante el pavor y pasmo de mis amigotes, alegando prescripción médica en vista de un conato de gota. Las tres comidas han quedado reducidas a una, bien balanceada según el método de la Fonda. Las abundosas mujeres han ido exiliándose del llavero y he quedado reducido en esas lides a una mínima expresión: la bigamia. Y ante los precios astronómicos de la literatura importada, ha llegado el momento de ponerles coto a las lecturas de moda. Cancelada la suscripción de Playboy y de El Paseante, me consuelo con Pimienta y El Malpensante. Y aparte del ejemplar de cortesía del periódico, me he resignado a leer los libros de mi biblioteca, y confieso con sorpresa que no están tan malos. Cuando los termine, comenzando el Siglo XXI, empezaré a disfrutar ese gran placer de la relectura. Seré feliz con mi esposa. Aspiraré el aire del campo. Llevaré a los niños a Disneyworld. Ingresaré a una secta budista. Y entre los libros y yo toda relación habrá terminado.

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