Lecturas en México

Diciembre 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hace unos 8 años viajé a Ceará, en Brasil, donde me invitara el director de la revista Agulha Floriano Martins a leer poemas, en razón de haber merecido en Caracas el Premio Rómulo Gallegos, que para el género poesía se denomina ‘Chino’ Valera Mora, de monto tan carnudo que aún no acabo de gastarme. Lo tomé además como una compensación porque en la prensa nacional no se dio la noticia, que había rodado por toda América. Hube de hacer escala en Lima, donde adquirí El país de la canela, novela de William Ospina por entonces en boga, que me dediqué a leer durante el interminable vuelo, mirando desde la ventanilla el río Amazonas por donde se iba desplazando Orellana en su aventura desventurada, hasta recabar en la desembocadura, después de dejar abandonado a Pîzarro con su recua de enfermos y heridos.Ahora viajo a Zacatecas, en México, a presidir el Festival Internacional de Poesía Ramón López Velarde 2015, y a recibir en su clausura el Premio, cheque y plateada medalla, que me concede su Universidad Autónoma. Porque sé de la importancia del premio me celebro y me canto. Pero primero hago una escala técnica en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en busca de reponer mis libros perdidos. En el vuelo he venido leyendo El año del verano que nunca llegó, de William Ospina quien, como todo poeta, se equivoca cuando opta por un político, a no ser que sea Whitman, o por una facción, que lo digan Neruda y Pound. También yo me he hundido en esa colada. De modo que mejor volvamos a la literatura.La novela intriga desde su tema. En una mansión cercana a Ginebra, Villa Diodati, en unas circunstancias de alteración del fluido meteorológico mundial -pero particularmente sensibles en ese sector geográfico-, debido a la erupción del volcán Tambora, en la lejana Indonesia de 1816, se reúnen Lord Byron, poeta insoportable para la sociedad de su tiempo, el poeta Schelley y su mujer Mary Wollstonecraft, el joven médico Polidori y Clara Clairmont, una chica de 17 años detrás de Byron. Y también por allí andaba Lewis, el aterrador novelista de El monje. El fenómeno impide que el verano se configure, hace que una noche dure 3 días, y que arremetan los huracanes. En ese ambiente externo y en el tórrido interno, donde Byron se reparte entre Clara y Polidori, terminarán poniéndose de acuerdo para escribir las novelas Frankenstein, Mary Schelley, y Polidori El Vampiro. Hasta allá no he llegado.En el transcurso de la investigación, que le demanda varios años, Ospina incurre por numerosos parajes, en lo que constituye su brillante hoja de vida intelectual, conferencias en Londres, Buenos Aires, Ginebra y rupestres ámbitos nacionales. Y en cada uno de ellos va encontrando la huella de Byron. En el prado donde se celebra el día nacional de Suiza encuentra una placa que indica que ese prado se llama Lord Byron. Como en Grecia encontrará que es el héroe nacional griego. Y en una roca donde nuestro novelista posó su mano descubrió tallado el nombre de Byron, en algún hotel donde pernoctó en Europa halló que dormía en el mismo cuarto donde lo hizo aquel hace 200 años, y en fin. Terminaré su lectura y daré más datos.Antes de arribar a Zacatecas a recibir el fastuoso premio, del cual la prensa nacional hizo poco eco, decidí pasar por la Feria del Libro de Guadalajara, donde tenía programada una lectura. Al inscribirme en el Hotel Laffayette, el botones me dice: Parece usted un poeta. Parece que lo soy, le contesto. Pues yo he leído a otro poeta, me dice, a Lord Byron. Con eso basta, le digo, sin ocultar mi perturbación. Y al retirarse nos advierte: Y cuídense del huracán.Guadalajara es azotada por el huracán Sandra.

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