Las visitas de la muerte

Las visitas de la muerte

Octubre 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Vuelve la muerte a pelar el cobre, a sacar las uñas, a enseñorearse de lo que construimos en vida, amistades indestructibles, seres que nos fortalecieron el ánima, con quienes hicimos trueque de amores. Entidades prez de la especie. Pináculos del espíritu. Regocijo del intelecto. Muerte raposa, sinvergüenza, desaforada. A veces comprensible cuando se lleva a alguien que está sufriendo más allá de su resistencia, y que hasta le pide que venga, que entre y se siente. Pero crudelísima cuando se lleva a quienes sentimos que son parte de la razón de nuestro permanecer en la tierra. Por lo general la señora muerte no avisa, como esos amigos ordinarios que tocan a tu puerta y te toca recibirlos en calzoncillos porque la muchacha te está planchando la ropa. Muchas veces viene por ti decidida a que salgan juntos, como si fueran de baile, pero se queda un rato haciéndote la visita. En la pausa y mientras te bañas recibe la llamada de que tiene que ir por otra persona más necesitada de asueto, y sale dejándote con un palmo de narices hasta que vuelva a acordarse. Pero en ocasiones es fulminante, entra sin tocar y te lleva como te encuentre.La semana pasada cayó el poeta Antonio Cisneros, peruano, perdonen la tristeza, todo un torrente de vitalidad manifiesta en sus manoteos planetarios y en sus líricos mamotretos donde cifraba ritualmente los saltos de la criatura por estos recovecos de la existencia. Se lo llevó el cáncer que a manera de tarjeta de visita le había enviado la doña con anticipación. A aquel que había entonado su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, y con él había levantado vuelo inmortal al merecer el premio de poesía Casa de las Américas en 1968, un año imborrable. Era un príncipe irreprochable, quien “construyó su hogar sobre la piedra más alta de Ayacucho, la más dura de todas”, y producía una hormigueante conmoción con su verba, ya fuera que le dirigiera a uno las palabras de su boca o impresas las de su mano. “El libro de mis libros se acabó”, dijo un día. Pero ahora se lo edita la muerte para postrera memoria. Bernardo Hoyos, Bernardino, pura música de alas durante su desplazamiento por el planeta que le dio de vestir, a su cuerpo y a sus sentidos, convirtiéndolo en antena de todas las manifestaciones de la belleza. Árbitro de una elegancia que el manejaba a su arbitrio. En una reunión o en la calle, lo distinguía a uno por el tono de su respiración o el timbre de su primera palabra, miraba el libro o cedé que llevara en las manos y le relataba de cada cual una historia inédita y admirable, le tocaba la solapa del saco y si era una pieza de alcurnia, decía de la precedencia del paño y sus tejedores; al presentarle a alguien, por el cruce de apellidos y el dejo de la voz deducía su procedencia. Al escucharlo por la televisión o la radio se sentía cómo sus conceptos se propagaban con la lentitud de la luz, así de esclarecedor era en todo tema. Si alguien de él recibía un elogio podía considerarlo el más alto premio, dados su sinceridad y sabiduría.Édgar Negret, el más universal de nuestros artistas plásticos, si es que el universo pudiera dar la medida de su grandeza. Pudo haber sido, como lo es, un escultor a la medida del norteamericano Calder, del inglés Moore, del suizo Giacometti, del rumano Brancusi y de Soto, el venezolano, iconos de sus países. Colombia no supo aprovechar su grandeza y lo condenó a continuas frustraciones, desde que le abortó el proyecto de montaje escultórico para el parque Simón Bolívar hasta el desprecio por hacerle un digno museo. Ni al entierro se presentó un funcionario con una esquela de luto. Y eso que en los jardines de la casa presidencial luce una escultura, más despintada de lo que quedó ayer el maestro.

VER COMENTARIOS
Columnistas