Las horas contadas

Enero 03, 2017 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Al varado poetaVan llegando las horas de la muerte. Vienen con paso tardo pero firme. Tiemblan los que la deben, el enfermo, el boleteado, el perseguido por la mala suerte. El herido se mira en el espejo. Peor está el espejo con su herida. Tiemblan en la pared los calendarios. Los ayeres se borran con un trapo. La mañana es la última que alumbra. Cursa el sol con sus vueltas ya cumplidas. Las nubes perezosas pesarosas. Los paisajes sentados en el suelo. Se oye pólvora sorda en el recuerdo. Nadie piensa en el fin hasta que acaba.Tuvo todo su tiempo para sacarnos de la pestilencia. Nos pegamos a él y en él creímos. Va muriendo de muerte natural. Natural es el muerto en cualquier caso. Salvo en la ejecución, el crimen y el suicidio. Y en la infame calumnia. Con el sol de mañana estará frío. Nadie apostaría un peso por su vida.Gracias a su trabajo temporal cuánto se avizoró, cuánto se hizo, cuánto se echó hacia atrás, cuánto fracaso. Se comió, se durmió. Cruceros hubo. Las peleas no faltaron, las traiciones. Se folló con lo propio y con lo ajeno. Despertó en mucha gente la esperanza. Y en otra la esperanza de acabarla. No tuvo paz mirando de acordarlas.Pudo ser el patriarca de las horas. El que cantara el fin de la barbarie.Amaneció con la certeza de que ese día no pasaba. Tenía clara conciencia de todo lo malo hecho y de lo bueno por hacer, que era más difícil. Aunque prácticamente se limitó a poner su tiempo. No se le notaba tristeza, o sólo la de la misión cumplida. No se sentía mal, nada le dolía, estaba a paz y salvo con la caja de su existencia.Esperaría hasta el final de la noche para marcharse, tal como había venido, en medio de expresiones gozosas. Cuánta gente había visto morir, cuánta nacer, cuánta enfermar y sanar, cuánta caer en accidentes o ante horrendas masacres. Lo vio, lo vio todo, lo vio siempre, ni fue culpa suya ni hizo nada por evitarlo. El papel de defensor no le concernía, ni tampoco el de acusador,  a lo sumo de testigo impasible y mudo. Ser de fatalidad ante todo, su función fue la de propiciar lo vivido. Y pensar como el monje zen, sólo me falta morir para que mi felicidad sea completa.La vida está llena de etapas y la muerte no es más que la meta consagratoria. Empeñarse en vivir más allá del tiempo fijado –o el que el cuerpo resista–, es comedia de masoquistas. No hay como irse en el momento que es. Ante un redoblar de campanas que ya sabemos por quién repican.Todo el mundo sabe que hoy va a morir y a nadie le importa un bledo. Debí haber puesto que un culo pero comprendan que me estoy puliendo. Es la indiferencia por un muerto más en este mundo de muertos múltiples. Todo el mundo llora a los suyos. Aparezcan o no aparezcan. Desde hace más de cincuenta años vivimos en la capital de la muerte. Pero ya estamos saliendo. Aunque muchos  prefieran que no salgamos.Sentimos que a partir de mañana ya no podremos seguir contando con él. Se va sin gloria ni pena y serán pocos los que registrarán su recuerdo. Nadie llorará por él como si se tratara del más pobre hideputa. Así es el destino con quien asume obligado el rol de su sino. Sin la posibilidad de cambiarlo. Nadie lamentará su silencio en la fiesta de su deceso. Creo ser el único que por él va a soltar una lágrima, en vista de ambos ya tenemos la edad vivida.Todos tenemos los años y los meses, los días y las horas contados.Para eso se inventaron los relojes, y las agendas y los almanaques.El prospecto se dispone más puntual que un puntero. No parece tan viejo, qué caray, pero debe dar paso al que le suceda. Hasta en las fiestas más finas no se podían privar del gusto de su partida. Aplausos, risas, campanadas. Se escuchan 12 cañonazos. El año muere.Bogotá, diciembre 31, 2016.

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