La vida social

Marzo 20, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

El hombre se hizo para vivir en sociedad, con excepción de algunos genios, anacoretas, sicópatas y neuróticos, pero incluso muchos asociales terminan integrándose, como yo, a la vida muelle. Llegué a la capital con mis zapatos combinados de camaján, una caja de cartón llena de poemas en borrador y una muda de calzoncillos. Con los arrogantes 20 años bajo el copete uno no tiene necesidad de trabajar, y menos en esa época, cuando los nadaístas comenzábamos a poner de moda el poder juvenil. Las reuniones eran en la cafetería El Cisne, donde las meseras, tan pronto nos veían llegar nos arrebataban las azucareras para que no calmáramos con ellas el hambre. Pero siempre aparecía el anfitrión que nos llenaba de espaguetis y vino antes de invitarnos a su apartamento, desde donde nos mostraba el mundo que sería nuestro si accedíamos a concederle algo largo como un prólogo. Yo prefería echar mis largos motosos en la funeraria Gaviria, donde aparecía a la medianoche, leía sobre las poltronas, tomaba tinto y cortejaba viudas y huérfanas. Pero para sobrevivir me convertí en el rey del cocktail. Llegaba a exposiciones de artistas, presentaciones de libros, premiaciones artísticas, de gancho con mi sombra, y salía lleno de tarjetas de empresarios que me requerirían para algún free lance, y de gancho con una de las divas de la velada. Porque en el mundo real, sin participación del whisky, haciendo loby para hablar con un editor o echando ojo por la calle a prospectos erótico sentimentales, se volvía difícil amarrar un negocio o un levante. Claro que bajo la luz de las arañas se corría el riesgo de toparse con lagartos, sablistas impajaritables, caspas de bardos, alcoholizados anónimos y hablamierdistas diplomados. En un coctel me contrataron como creativo de la más importante agencia publicitaria, porque me oyeron improvisar el slogan: “El cigarrillo produce cáncer y la marihuana lo cura”. En otro coctel un editor me contrató las memorias. Que comencé con este grafito del cual no termino de arrepentirme. “Por equivocación, creyendo que era un orinal, ingresé al jet-set”. Y en un tercero me levanté la minifalda más apetecida. De modo que mal puedo renegar de esos eventos donde participa, para empezar, el arte que los convoca, licores aceptables, las que prometen paraísos a la primera mirada y los que mantienen la sartén por el mango. El éxito comienza -o comenzaba- con la anticipada propina al mesero, con lo que se aseguraba que llegara con la bandeja en alto para ofrecerte y a tus amigos los vasos sudorosos de frío. Y al estar uno tan bien servido terminaba mejor acompañado, gancho para el fotógrafo o el camarógrafo. No era muy bien mirada mi posición por mis compañeros de cofradía, que preferían mantenerse en la sombra para preservar el misterio. Aparecer fotografiados con un político o un trasero farandulero repugnaba a mis angelotes. No era la fama lo que se buscaba, ni la popularidad del papel impreso, sino la dignidad del outsider, mostrarse lo más alejado posible del establecimiento nefasto. “Conspiramos con mucho júbilo. Conspirando esperamos que nos jubilen”, escribimos en algún trance. Pero se nos fue pasando la vida, el establecimiento no desapareció y la revolución no se hizo. No fuimos los mejores escritores del país a pesar de haber sido los más berracos, y a quienes más nos ha durado la cuerda. No entramos en la historia de la literatura mundial, pero son muchos todavía los que sufren con nuestros pedos. Algo es algo. Y, sobre todo, nos salvamos de la cirrosis.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad