La vamp

Mayo 13, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Desde muy joven quise ser escritor por sugerencia de mi abuela que no quería que trabajara, pero no tenía sobre qué escribir porque no me había pasado nada y apenas si comenzaba a vivir los episodios que me sirven de tema en el escritorio de mi vejez. Porque no puedo negar que voy para viejo, aunque sin ningún síntoma prematuro. En esos tiempos de la prepa, como dicen los mexicanos, amén de la Biblia que a escondidas devoraba de cabo a rabo en la oscuridad del retrete, sólo tenía ojos para las Confesiones de San Agustín, las de Juan Jacobo Rousseau, la Vita Calamitarum de Pedro Abelardo y la Crucifixión rosada de Henry Miller. Pensaba que el encabador de tinta Parker azul era sólo para plasmar testimonios en primera persona del singular y en presente de indicativo, esos vívidos episodios vividos que todo el mundo pensaría que eran pajudencia. Me inicié pues en la literatura sensual narrando mis aventuras manuales en la oscuridad del mismo retrete, pensando en el taparrabos de Eva en el Paraíso y en la astucia de la serpiente, en los senos como tiendas de Sulamita bajo las manos del rey sabio, en el yatagán con que Judith terminara el orgasmo con Holofernes. Y en la pomadita con que la pecadora sobara los pies del Maestro. Ni qué decir que mi abuela me rompió esas mis primeras obras completas y hube de cambiar de tema. Me pasé a la literatura urbana, a hablar del barrio obrero, del colegio de Santa Librada, de la familia Arbeláez y de la sastrería de papá, y no me ha ido tan mal puesto que por ello hasta premios he recibido. Lo que sí he seguido a pie juntillas es el consejo de San Nicolás de Tolentino cuando se me presentó en un convite de médiums, de no expresar opiniones personales ni siquiera en las columnas de opinión que él mismo me consiguiera en los diarios. Nunca me enseñaron en mis clases profundas de preceptiva a utilizar la tercera persona, es decir a hablar por los otros que cómo voy a saber qué diablos están pensando. Lo que significa usurpar identidades ajenas. Yo debía responder sólo por lo que podía jurar. Por eso abro mi corazón como el tintero que he vuelto a usar desde que un virus benigno me borró del ordenador mis segundas obras completas. Ahora uso tinta violeta y un empate de vidrio que me regaló Lili Blue. Así debían trabajar algunos padres de la Iglesia sofisticados a quienes me propongo emular. Pero en vez de aventurar opiniones sobre lo humano y lo divino como hacen mis imposibles colegas, cuento lo que me ha venido pasando a medida voy fluyendo. Porque eso es lo que me dicen en casa: Déjate fluir, papacito.Días pasados hablé de mis amores con la vamp que conocí en el Picapiedra cuando el Grillo era el rey. Ahora que el rey soy yo voy a contar el desenlace, esperando que mi mujer no lea esta columna. Carmilla, que así se hacía llamar mi deletérea pretendida, calva como una bola de billar a tres bandas, era una vampira sui géneris. Como ni siquiera sonriendo se le veían pronunciados caninos -antes bien eran unas piezas de bien calcificada orfebrería odontológica-, era lógico que no penetrara la aorta, que en mi cuello de tortuga resalta. Se contentaba con succionar y succionar y succionar hasta extraer el summun, una especie de sustrato sanguíneo sin ningún líquido, un icor intangible, algo así como el alma del fluido cardíaco. Una vez ingería la inmaterial sustancia se transformaba en un ángel de sumisión, dispuesta a acatar mis manieristas desvaríos venéreos, haciéndome sentir un verdadero conde en el hospedaje.Lo malo era el hematoma que iba del negro al púrpura y me impedía mostrar el lánguido cuello en las fiestas de sociedad. Y a pesar de que han pasado 50 años de esa relación intangible, el cardenal persiste en mitad del cuello, a duras penas disimulado con una inconsútil tela imitación piel que injertó el dermatólogo René Rodríguez. Pero les ruego el favor de que no lo comenten con nadie.

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