La terca edad

Julio 14, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Entiendo que no hay nada que moleste más al prevenido lector que el escritor que habla de sí mismo, y sobre todo cuando habla bien. Cómo hablar bien del pronombre yo habiendo tantas terceras personas en el mundo a quienes atacar e insultar, incluyendo el tú. No está la palabra escrita para el autoelogio ni para las confesiones dichosas. Por lo general se termina calificando al plumífero de pantallero, chicanero o dicharachero. Acabo de caer en la cuenta mientras salto del trampolín de que sobrepaso ampliamente los setenta años, caigo en un splash que es aplaudido por jóvenes en bikini mientras sorben martinis con sus pajuelas. En tanto mi juvenil señora me seca me entregan un paquete procedente de los Estados Unidos que contiene ejemplares de la edición bilingüe de El cuerpo de ella, poemario escrito sobre las espaldas de Dina Merlini cuando ambos andábamos por los veintes. La traducción y las fotografías esta vez son de Zacarías Payne. Con ese libro, que me salvó en un paseo millonario cuando los asaltantes lo descubrieron en el maletín, pues quien va a insistir en atracar a un poeta, gané en 1999 el Premio de Poesía del Distrito, y tuvo pronta edición bilingüe en París, donde lo presenté en el Salón de los pasos perdidos, en la Unesco. Dina había llegado a Cali en 1961 con Patricia Ariza y otros desadaptados rumbo a Tumaco, donde Helenita Restrepo, otra de las nadaístas aventureras, había adquirido una isla a cambio de un diamante que -en su época de azafata- le regaló María Félix a cambio de sus favores. Elmo Valencia se fue con ellas en busca de Islanada, de donde salió su novela del mismo nombre, y yo me fui para Bogotá. Pero antes le hice una encerrona a la rubia y despampanante Dina, en mi estudio, con el pretexto de pintarla con mi máquina de escribir, describiendo todas sus presas y prometiéndole la inmortalidad que genera el poema, cuando resulta. Ya en el prólogo escrito por Eduardo Escobar, aventura que “todos los nadaístas sabemos que Dina es terna”. La Merlini, mi inolvidable musa, “mujer bella y bellaca” como reza la dedicatoria simplemente por hacer un pendejo juego de palabras, lleva más de 30 años viviendo en San Andrés, hace unos diez tuve noticia de que había muerto su compañero de la orilla del mar, en 2002 hicimos la presentación del libro en la isla, amparados por Simón González, y por el pintor Samuel Ceballos, ambos ahora con las cenizas diseminadas sobre las olas. Desde entonces no he vuelto a verla, aunque la teatrera Patricia Ariza siempre me da noticias de ella. Le escribo con la noticia de la nueva edición del libro que la canta parte por parte, ojo por ojo sin olvidar el tercero y diente por diente contando los que le quedan. Le indago que a qué dirección de la isla le mando el libro. Me contesta que al Ancianato de la isla. Yo me había propuesto salvar al mundo, como tantos vagos que en el mundo han sido y algunos han pagado un alto precio por ello, ella salvarse a sí misma costare lo que costare. Era una chica de armas tomar. Durante toda la época azarosa de nuestra escandalera social, cuando éramos perseguidos por gorilas del opus dei armados de cadenas de bicicleta, ella nos defendía espantándolos con una navaja automática y una botella despicada. Hemos llegado -incluso yo mismo- a ese período de la vida que sigue a la madurez y que llaman la ancianidad, como me espeta Vicky Hernández, “por más picadito que andes”. Sigo rodeado de preciosas sardinas incluso menores que ella cuando nos conocimos, sigo puliendo los borradores de poemas que escribí en ese entonces, sigo de rumba en rumba para embolatar la tumba bailando en una sola pata teniendo tres, en esta oportunidad en el prodigioso Festival Internacional de Poesía de Medellín, donde se maravillan de la longevidad de mi juventud, que no es otra cosa que la terquedad con la poesía, la terca edad, mientras la dama que me dio con un poema un atisbo de trascendencia, está recluida en un asilo de ancianos. ¡La pucha!

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