La realidad neta

La realidad neta

Febrero 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nada fácil es para un poeta que funge de periodista tratar de la imprecisa, y por consiguiente imprecisable, ‘realidad neta’, sea la del azaroso presente, la del borroso ayer o la del dudoso mañana. No puede arrogarse un concepto absoluto; a lo sumo una sospechosa interpretación, más aceptable por quienes la reciban en cuanto sea creíble. Ni siquiera veraz, pues hay circunstancias inverosímiles que resultan más aceptables que las lógicas aburridas. Todas las exageraciones de García Márquez son creíbles, porque al delirio imaginativo le supo adherir un pretendido soporte racional, como la ingestión de chocolate al obispo para que levitara, la agitación de las sábanas en el patio para que ascendiera Remedios, o la sonriente caja de dientes para respaldar la recuperada juventud de Melquíades. No se pueden poner de acuerdo en la realidad objetiva quienes la aplican y quienes la padecen. De allí resulta el conflicto. No es la misma tierra la del invasor que la del expropiado, así sea igual territorio y quede en el Caguán. Donde operó la revolución de que los grandes depredadores no son los terratenientes de antaño sino sus contradictores.Recuerdo épocas en que los directores de nuestros periódicos les cedían sus espacios a poetas como Llanos, Villafañe, Roldán y Carranza, que hablaban de musas y de sí mismos. Se ve que les heredé, con mi cargante primera persona, retomada de maestros segundeados en Santa Rosa como Rousseau, San Agustín, Henry Miller y Simone de Beauvoir, autores de arduas confesiones. Si elegí evocar la Cali de mi juventud, es porque pienso que Cali será siempre el joven que nunca dejé de ser. Desde que me jubilé en la publicidad y en el terrorismo verbal y me emboqué como escritor de periódicos y revistas, tomé la decisión de no continuar con el tábano de la denuncia sistemática a todo lo que hacen los que no piensan como mis amigos y yo. Cuando no hay uno de mis amigos que piense igual a los otros. En el camino de las evocaciones juveniles y provincianas no me ha ido del todo mal. Pero de vez en cuando me siento en el deber de hacer alguna reflexión acerca de lo que pasa y de dónde viene. Se entiende que a una enfermedad terminal, como fue la guerrilla secuestradora, se le aplicó el remedio drástico del paramilitarismo -porque los ricos no son bobos ni los militares mansitos-, con el sello de una crueldad extrema, que incorporó las ejecuciones masivas y el uso de la motosierra. Ante tal víbora bicéfala, no cabe otra opción que condenar la violencia de donde venga. Y, en gracia de discusión, aceptar que el paramilitarismo, entendido como contragolpe, fue un búmeran gestado por la propia guerrilla. Al no tener, en mi calidad de anarquista quieto y utopista despistado, cómo satisfacer las ansias de jóvenes que anhelan de su país un modelo de vida no incurso en la inmediatez de la conducta violenta, debemos pedirle al país que lo haga. Sea quien sea el presidente actual o futuro, sea quien sea quien se le oponga. Las Farc están en una mesa de diálogos, así hayan merecido el repudio y la condena nacional y mundial por sus crímenes, que excedieron los parámetros revolucionarios. Ello no quiere decir que en Colombia hayan desaparecido las razones sociales que propiciaron su generación espontánea. Habría que solucionar las causas del conflicto mientras se transa una amnistía o se da la ofensiva final anunciada a cañonazo limpio -como pensaba el otro– contra lo que no ha sido más que su consecuencia. Se necesita una operación ‘Jaque’ contra la injusticia social. Sólo así se daría una paz que prospere.

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