La primera comunión (2)

Enero 24, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La fila avanzaba lenta y como entre nubes. Me empecé a sentir liviano, pero molesto. Tenía la boca reseca y en vano trataba de humedecerla con la lengua aún más reseca. Nos habían prevenido del pecado que era masticar la hostia, casi tan execrable como escupirla. Y se decía también que a quienes trataban de comulgar sacrílegamente (sin confesión o habiendo pecado entre ella y la comunión), la hostia se les volvía de cuero y era imposible pasarla. “¡Dios mío, dame fe!”, fue lo único que pensé, con la boca abierta, sin reparar en el absurdo de mi plegaria. El cuerpo de Cristo se detuvo entre la lengua y el paladar sin dar señales de vida. Las glándulas salivares habían entrado en paro. ¡Hostia! No me quedaba más remedio que apretarla a ver si se desintegraba, pero se convirtió en un pegamento que me iba a impedir abrir la boca quien sabe en cuanto tiempo. Terminado el santísimo sacrificio continuaba mi soberana incomodidad. Mi madre vino a felicitarme. La evité. Salí corriendo de la iglesia hacia el parque desesperado por una paleta. No había. Al final, ante el movimiento de aspa de la lengua seca terminó por volatilizarse la oblea a nutrir mi sangre y mi espíritu. No sentí nada raro. No podía tener a todo un Dios en mi cuerpo. Tendré paciencia. Debe ser asunto de la digestión. Al llegar a la casa ya estaban los invitados. Jorge Giraldo bailaba con la tía Adelfa, Emilio con Ismela, don Sixto con misiá Justa, la mamá de Hernán Peláez y del Negro, quienes asomaban sus cabezas por la tapia del vecindario; el doctor Rosales conversaba con Hernán Isaías Ibarra, mi prima Martha Nelly me daba un beso en un ojo, Fabián me hacía entrega de sus patines que siempre le había envidiado; mi papá había salido a traer más vino, mi mamá se encargaba del tocadiscos, mi abuela repartía la lechona. Para calmar el tormento de la resequedad me tomé una copa de vino que vi mal puesta. Todo el mundo me decía que estaba muy elegante con ese vestido. Tiré lejos la cinta y quebré la vela. Llegó papá con más vino y tomé más vino. Al rato arrimaron Ramiro y Mañosca, quienes venían con ‘La Negra’ que estaba afuera, y me invitaban a que fuera con ellos a los rastrojos de Lonchan. Para contestarles me tomé otro vino. Ni por el que sabemos que podía pecar este día, así el efecto de la presencia de Cristo no fuera aún notorio en mi corazón. Mis amigos se fueron de ‘vacamuerta’. La tía Adelfa me pidió que recitara ‘El duelo del mayoral’. Mi hermana Stella me sacó a bailar sin saber. Graciela gateaba por entre los bailarines. Toño encaramado en la mesa de sastrería miraba el desarrollo de la fiesta con sus ojos de vaca. Jorge salió hasta la tienda a ver con quien peleaba. A mi abuela se le cayó media lechona en mitad de la sala. Me tomé otro vinito. Jorge entra de la tienda con un dedo cortado en busca de su machete. Alguien le paró el macho. La tercera falange le cuelga de un pingajo de piel. La tía Adelfa le dice que vayan primero al hospital de San Juan de Dios a ver si lo cosen. “Tomad y bebed que ésta es mi sangre”, recuerdo haberle oído al cura imitando a Cristo, y me consagró al vino. El cielo del sueño comienza a dar vueltas en lo que parece ser mi cerebro, el castigo divino se ensaña entre mi cabeza, siento arcadas, y pronto sobre las baldosas del patio comienza a precipitarse el relleno envinado y maloliente de la lechona que me ha dispensado la abuela, entre cuya masa alcanzo a distinguir esquirlas de hostia, antes de quedarme dormido, completamente ebrio, sobre la playa.

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