La primera comunión (1)

La primera comunión (1)

Enero 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Mi papá me toma las medidas para el vestido de paño negro de la primera comunión. Mi mamá me ha mandado hacer la cinta bordada. Mi abuela me ha comprado la vela. Aunque no estoy muy convencido de la autoridad de la Iglesia, me perturban los sacramentos, que me parecen actos mágicos. Ya fui bautizado en espíritu santo y agua, y me regalaron tres copas de plata de Ley 0.900 marcadas ‘Jotamario’, como me llamaré después para los poemas. Ya me hicieron la confirmación, cuando mi padrino el ‘Mono’ Merejo ratificó ante la madre Iglesia mi condición de cristiano contraída en el bautismo. Acabo de confesar lo que mis compañeros de la barra consideraron mis pecados mortales -que llevaba apuntados en un papelito-, y el cura me impuso como penitencia un reguero de padrenuestros y avemarías, supongo que por mis curiosidades sexuales. Todo en la iglesia de San Nicolás. De modo que estoy listo para recibir mañana la sagrada forma, ingerir en la Eucaristía el cuerpo del señor Jesucristo y allí mismo comprobar si existe o no existe. Si existiere, con seguridad que mi espíritu alborozado me llevará un día a experimentar como siguiente sacramento la ordenación sacerdotal, para andar por los continentes como un soldado de Cristo catequizando toda clase de infieles, o para retirarme del mundo a vivir como los hombres ebrios de Dios sobre una columna. Si me fallare en el cuerpo la sensación divina, y compruebo que Dios existe menos que yo, de ninguna manera me embocaré por el matrimonio, pues ningún ser se puede ceder de manera exclusiva a otro a perpetuidad, en un mundo donde nada es para siempre y donde tan sólo es real la apariencia. Y un día, a la hora de la muerte, tal vez apenas por curiosidad o para no correr riesgos innecesarios, accederé a que el sacerdote se acerque a mi lecho de moribundo y me aplique la extrema unción con los santos óleos. Alguien me dijo que así habían hecho con Rimbaud durante sus últimos días de Marsella. Picuenigua me hará la fiesta. Anoche no pude dormir. Desde la playa donde han vivido siempre mis sentidos alerta, percibí que los cielos se abrían de par en par para darme acceso. La Virgen no me miraba con buenos ojos, pero miles de ángeles me rodeaban, todos con el rostro de Olga García, la que vive en el penthouse celeste del sindicato ferroviario, en el Parque San Nicolás. En mi cerebro no circulaban pensamientos sino rayos de luz. Por un monte subían Dante y Virgilio, que al acercarse se transformaban en Víctor Mario y Vitatutas vestidos de diablos, manejando unas bicicletas aéreas. Al hacerles señas de que se retiraran, me mostraban un palito de bombón y me decían que en la tierra me estaban necesitando. No me quedaba más remedio que apagar la luz perpetua para no verlos. Me pegaron un baño de mil demonios, con un estropajo jabonoso por todo el cuerpo que me dejó la piel de seda. No me dieron desayuno porque había que recibir a Cristo en ayunas. Me vistieron con parsimonia. Me aplicaron la cinta en el brazo, abajo del hombro. Tomé el cirio como un cetro. Y partí para la iglesia con el ánimo de un cruzado a rescatar el Santo Sepulcro. Pasé por las casas de los impíos Vitatutas y Víctor Mario, que seguían con las mismas caras del sueño, y ahora me silbaban desde sus ventanas haciendo burla de mi bienaventuranza. Vi que se dirigían hacia el palo de mango, a gatear el baño de sus hermanas. En la iglesia me hice en la fila con los demás compañeros que se iniciaban. Escuchamos la misa en latín que entendimos toda. Llegó la hora de la elevación y todos caímos a tierra, hincada una rodilla sobre la alfombra roja. El sacerdote de preciosa sotana alzaba en sus manos al cielo el disco sagrado. Operaba el misterio de la transubstanciación. Nos preparamos para el sacrificio.

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