La Policía del Vaticano

Octubre 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

¿Quién puede golpear a esta hora de la madrugada a mi puerta, burlando la vigilancia del edificio y sembrándome pánico? La única explicación es que sea la Policía, con orden de allanamiento. Alguien, que ya columbro quién, pudo haber dado aviso de que en mi pulcra morada guardo armas para la insurgencia, minas quiebrapatas, propaganda subversiva. Voy a franquear la entrada a quien quiera que sea, porque cobarde no soy, quizá lo fui cuando joven, pero sólo una vez, cuando vinieron por mí para llevarme al monte de combatiente, y me excusé con el cuento de que no podía desentenderme del panfleto inspirado que escribía contra el Gobierno. Menos mal que mi puerta tiene una mirilla. Mi mujer y mis hijos están de vacaciones en Machu Pichu. Son tres personas, dos hombres y una mujer, ellos con vestido de paño y corbata ancha y ella en estilo sastre, entre los 30 y 40, se ven sobrios; nunca los he visto, pero sí a sus prototipos de pintas detectivescas. Atracadores no pueden ser, les sería imposible sacar por la portería las computadoras con la obra que escribo, el cuadro de Botero, mis vestidos de Sartoriale, la caja fuerte vacía. Como me avergüenza preguntar quiénes son con una voz que deberá atravesar la gruesa madera, y como alguna historia interesante puede surgir de este episodio,giro el pomo, abro y saludo con una sonrisa. –¿Podemos pasar? –Tendré mucho gusto, si me adelantan primero en cuyas cabezas tengo el honor de posar mi mirada. –Evitemos los eufemismos, no tenemos tiempo y está haciendo frío. ¿Tiene café? –Continúen a la cocina, allí estaremos más cómodos. ¿Con azúcar? Lo único que les pido es que no vayan a fumar, me trastorna. La dama, que parecía ser la jefa, tomó la palabra. –Sabemos que está usted, desde cuando aún posaba de ateo, en componendas de invocación espiritista con algunos llamados ‘espíritus selectos’, que desde hace varios años le vienen haciendo objeto de sus favores, en una especie de enriquecimiento espiritual ilícito, a cambio de que les colabore con la destrucción, a través del descrédito, de la iglesia romana. ¿Estamos en lo cierto? ¿Quién podría ser el garganta profunda que me vendió, de entre mis amigos, si este ha sido el secreto mejor guardado de mi existencia, tanto que para esconder los documentos de las sesiones compré la caja fuerte? –¿Y quién me lo pregunta, si se puede saber? –Iré al grano, soy Juana de Orleáns, de Arco para usted, virgen y mártir de la cristiandad y santa por añadidura. Sabemos que tiene comunicaciones espíritas frecuentes con Nicolás de Tarantino y Agustín de Hipódromos, les hemos chuzado la ouija, ahora trabajo para el Vaticano, y sus agentes secretos, que me acompañan, están preocupados por una presunta conspiración. Deseamos saber –sólo en gracia de discusión, ni siquiera lo amenazamos con el infierno o con cosas peores–, quiénes son sus cómplices, y cuál es el objetivo final de su trapisonda. –Le voy a contar, aunque desde hace años trabajo solo, recibiendo los gajes, en felicidad sensual, amorosa, en honores y en efectivo, de los santos maestros. Se trata de instaurar de nuevo el amor en la tierra, para contrarrestar la barbarie y la guerra. Tal como lo esgrimió Jesucristo y así me cueste el último amor. Por encima de gobiernos e insurrecciones. La cofradía la llamamos ‘El Club de Arriba’. Mis antiguos compañeros, ¡y que Dios me perdone por divulgarlos! Son Claudio Verne y el coronel Rey del Arroyo. Pero creo que ellos hace ya varios años alcanzaron en vida la santidad. El único mundano y lengüilargo que queda dando lora soy yo.–Vámonos, –dijo la vieja a sus agentes, que elogiaron el café colombiano. –Creo que hasta aquí llegaron estos espiritistas de m...

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