La pequeña ayuda de los amigos

La pequeña ayuda de los amigos

Noviembre 20, 2017 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Estuve a punto de lanzar el último ¡cuac! Y sobreviví gracias a la diligencia de los amigos. Que he tenido por cantidades, casi tantos como libros y como discos, y todos me han durado toda la vida, aun sin hablarnos, incluso los que se fueron. En uno de los poemas que me dedica, Quinientos Cuatro afirma que “Gonzalo Arango lo quería más que a sí mismo, pues varias veces arriesgó su vida por la de él, Y pasó muchas noches escribiéndole sus mejores cartas.” Éstas se perdieron en su gran mayoría, pues se las devolví para preparar el libro Nadaísmo por correspondencia, que terminó incinerado. Pero que reencarnó en el tomazo de Eduardo Escobar, Correspondencia violada, publicado por Aura Lucía Mera en Colcultura, donde en mensaje al compilador y al poeta Darío Lemos, nuestro ‘profeta’ los conminaba a salvarme: “No quiero hablarles de penas colectivas, sino de las de Jotamario. Vengo de verlo, de olerlo, de anochecer con él por las avenidas de su ciudad y del alma, y las tiene muy oscuras. Está en el túnel, todavía camina pero ya no se busca, ya no se encuentra… Hay mucho polvo en el lomo de sus libros, y la mirada opaca con hilos de araña que le cruzan los ojos. Se ve a quedar quieto de corbata en el cuello la mañana menos pensada, si no se desabrocha las ganas de vivir. Sólo la poesía nos salva de ser muertos, de no estar en la cosa, en la fosa, en la osa mayor… Entonces pienso que le deben formular una invitación en pandilla (a Medellín), hay que rehacerlo, hacerle una cirugía poética, realmarlo. ¿Me descifran?”.

Por esa época bebía y me drogaba como un poseso, pero ni el alcohol ni la yerba me hacían efecto. Se caían los techos de la casa de mi familia. Moría mi primer amigo atropellado por un carro, el poeta de 10 años Luis Ernesto Valencia. Mi amante se volvía humo. Infernaba en el maremágnum del sexo. Y ni los koan del zen me tranquilizaban. Me llevaron con ellos, me acogieron en sus moradas, me dieron su sopita en botella, masajearon los ventrículos de mi alma; lo que me pasaba era que el profeta me había contagiado el dolor por las penas del mundo, mientras al amor le había cerrado las puertas. Y en vez de irme para la guerrilla a salvar el mundo, asumía mi podrido cuerpo por cárcel.

Hicimos un programa por Radio 15, La voz del Nadaísmo. Grabé un disco infantil de rock. Lancé un poemario con prólogo del ‘profeta’. Y firmamos indignados un manifiesto contra él, dizque porque nos había traicionado al elogiar a un político poderoso. Perdí el miedo a la vida y depuse el amor a la muerte. Los amigos me habían salvado. Todo lo que vino en adelante fueron venturas.

Por eso me emocionó hasta las lágrimas cuando años después vi, en los videos de esos tres días de amor y paz que celebraron los niños de las flores en Woodstock, entonar pasado de whiskies y ele-ese-de a Joe Cocker con su Grease band, esa canción que se pasea por mi vida, tan sorda a la música como ciega al romance y ajena al inglés, With a little help from my friends, con una pequeña ayuda de mis amigos, que en las épocas del hipismo me iba traduciendo un ángel en el oído: “Préstame tus oídos y te cantaré una canción Y trataré de no cantar fuera de tono. Si te cantara desafinado, ¿te levantarías y te alejarías de mí? ¿Qué ves cuando apagas la luz? No puedo decírtelo pero sé que es lo mío. Lo conseguiré con una pequeña ayuda de mis amigos. Con una pequeña ayuda de mis amigos”.

Va a hacer tres años que Joe Cocker desertó de sus Perros rabiosos e ingleses y de sus miles de igualmente rabiosos fans. Hoy que es sólo un CD compañero, le doy las gracias por ayudarme a lograr eso que vi en el oscuro, y que generosa la vida me ha deparado. Ello no hubiera sido posible sin esa, ni tan pequeña, ayuda de mis amigos.

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