La pasión por la lengua

Noviembre 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A muchos no les importará lo que voy a decir, pero como a mí tampoco me importan los sordos, voy a decirlo. Como parte del aprendizaje rebelde, impulsado por lecturas perversas, lancé a Dios por la borda a los 17, por donde había lanzado antes a mis mentores espirituales. Quedé tan huérfano de algo en qué sostener mi destino, que en la búsqueda de un sustituto encontré sólo el lenguaje, verdadera caja de herramientas con la que volví a trabajar el universo desde su génesis. El reemplazo se me antojaba aun mejor que el soporte original perdido.Lo curioso era que ese conflicto no me asaltaba en la cátedra, porque no tuve cupo en la universidad a causa de mis malas notas y mi comportamiento de apache, sino en la zona de tolerancia, que era por entonces el orgullo de mi ciudad. Allí el lenguaje debió contemporizar con el erotismo recién develado, que era otra manera de orar, y de ganarse la vida, tras las desposeídas rameras, impidiendo que los aprovechados les pusieran ‘conejo’, y la marihuana, que era la otra potencia mística. Permitía que uno estuviera en un mundo real que no le pertenecía y, a la vez, se situara en estados de la conciencia aún por patentar. Han pasado más de 50 años, y aún es difícil mencionar estas cosas en las publicaciones y los recintos académicos porque, o se considera una apología de la pornografía, o del delito, encarnado en la verde hoja de perfiles dentados.Quise volverme transgresor y vindicativo armado con el poema, delito que todavía no estaba penalizado. En mi Colombia de la época era fácil asustar con lanzar un grito. Me especialicé en la estridencia. Un gobierno militar había disparado contra mi escuela, y eso no lo podía tolerar con mis cortos odios. Había leído que un tribuno había matado a un dictador con su sola pluma.Pero la pluma había que afilarla. Siendo mi ciudad tan pequeña, ya llegaban aquellos libros que estallaban con júbilo en los ojos y mentes de quienes los abríamos, sembrándonos de ideas nuevas que auguraban mañanas inusitadas. Estábamos en contra de la academia, pues leíamos que “en una sociedad de aguda lucha de clases, todo respeto por el lenguaje estético significa una complicidad con el enemigo”. Y, para justificar nuestro proyecto en marcha de hacer tabla rasa, encontrábamos que “la pasión por la destrucción es también una pasión creadora”.Pero allí estaban Cervantes y don Quijote, la piedra angular de la desazón y su personaje. Burlándose de todo para empezar, de la novela caballeresca y de los caballeros de la mesa redonda de lo solemne. Sin embargo seguí en pelea con la tradición de Castilla, y suscribí un manifiesto con quien me sonsacó para la irreverencia, donde se declaraba que “el idioma castellano sólo nos sirve para enamorar a la sirvienta y hacerle el amor en la cocina”. Mi papá, que era un hombre sensato, me reconvino que si seguía por ese sendero nunca iba a recibir ningún reconocimiento serio, por más que me volviera un mago con las palabras.Y es verdad, así haya merecido cinco suculentos premios en poesía en el país y en el mundo, por más que me esfuerzo nadie le hace la venia a mi prosa. Ahora ni siquiera me insultan. Y eso que ya no la uso para la destrucción ni para la denuncia, para el panfleto ni el ludibrio. A lo sumo, para dar mi versión del mundo y lo que sucede. En algunos medios me abanican porque en vez de la tirria, la pongo al servicio del sexo y la carcajada. Y yo lo que quería, en honor de mi ciudad y de mi padre que siempre me dio los dos pesos semanales para comprar el ejemplar mal traducido y en rústica de caballeros de la pluma, era llegar a figurar algún día en el catálogo de maestros de nuestra lengua. Mala suerte. No me las puedo ganar todas. Pero puede que un día lo logre.

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