La Olivetti del Profeta

La Olivetti del Profeta

Febrero 19, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Esta es la máquina de escribir de Gonzalo Arango, usted ya sabe quién es. Olivetti Studio 44, azulina, metálica, de fabricación italiana. Lo acompañó los 13 años del nadaísmo y sus últimos 4 como cristiano. Escribió en ella por lo menos cien mil cuartillas, con su letra cuadrada, que deslumbraba a sus conquistas cuando recibían sus teclazos de amor, a los amigos de su alma cuando les contagiaba su furia, a las víctimas de su ira cuando recibían sus panfletos y a los editores de los periódicos cuando les mandaba sus originales, y contundentes colaboraciones.Escribía a contrarreloj contra la muerte, con ese estilo de chuzógrafo filosofal. Todas las teclas se conservan perfectas, menos la ene, que es más pequeña. Suponemos que fundió esa ene de tanto escribir las palabras nadaísmo, nada, nadie, no. Los poetas del grupo envidiábamos su solidez y prestancia, pues por lo general disponíamos de una Lettera 22, más pequeña pero de la misma marca y perrengue, la cual cuando redactábamos nuestros manifiestos echaba a correr sobre la mesa y uno debía perseguirla.Se la regaló Rosa Girasol, su amante gringa antes de Angelita, su amante inglesa. Se deduce de este párrafo de El señor Burundún Burundanga no ha muerto, pero apesta, apuntando a Jorge Zalamea cuando lo acusó de soplón del DAS y la CIA: “Usted sabe, Zalamea, que yo no disparo balas, yo apenas tengo una máquina de escribir que me regaló mi mujer, y a la que me gusta dedicarle, como ahora, aquel verso de Neruda: ‘Para sobrevivirme te forjé como un arma’”.A pesar de que a veces atravesaba largas penurias, nunca la empeñó como hicimos los otros. “No se empeña la herramienta de trabajo”, nos aconsejaba mi padre. Pero poetas maldecidos al fin de cuentas, estábamos empeñados en llevarle la contraria a los padres. Amaba tanto a esta máquina, que nunca le puso los cuernos con otra. Le encantaba que ella fuera mecánica, el eléctrico era él. En ella, con ella, frente a ella, escribió cientos de poemas, cuentos, cartas, ensayos, insultos, manifiestos, columnas de prensa. Nada que no fuera con su estilo demoledor o con su ternura de cocodrilo. Nunca un recibo ni una cuenta de cobro.La llevaba de ciudad en ciudad en su pesada caja roja, de hotel en hotel, y para escribir de la medianoche a la madrugada, y para que no protestaran los huéspedes por no conciliar el polvo ni el sueño, la asentaba sobre una toalla que hacía de silenciador. Era el único objeto sólido que conservaba al morir, porque su colchón era más aire lo mismo que él. Y sabemos que todo lo sólido se desvanece en el aire. Y que los libros no son sumas de páginas sino los universos que contienen. Cuando el testarudo Profeta se dio contra el mundo, Angelita me la heredó, en gesto que no sé cómo agradecerle. Me la han solicitado de museos y casas de poesía pero no he querido salir de ella. Un coleccionista llegó a ofrecerme a cambio una Harley Davidson, pero voy más lejos en esta máquina. Además, temo que el ánima del Profeta venga a jalarme las patas.Cuando estoy perdido en los laberintos de mi mente y de mi computadora portátil, vuelvo a la Olivetti del Profeta y me saca del atolladero. Siento la tensión de su pulso en el resorte de las teclas y me figuro que es él quien mueve mi mano. No lleven flores a su tumba, granujas, como él muy enfático solicitaba en su testamento. Deposítenlas sobre esta máquina que, por ser su arma de amor y guerra, merece las ofrendas. Ahora les soy franco: en vista de que lo que escribimos tan difícilmente se vende, estoy escuchando ofertas.

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