La novia dijo no

La novia dijo no

Diciembre 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

¡Qué más retiro que lo más retirado posible! Así pensamos los nadaístas cuando descubrimos la isla de San Andrés y nos propusimos fundar en ella nuestro Nadasterio de los Monjes Juguetones. Pero así anduviéramos en el zen, nos tragaron las urbes de cemento fresco, donde deberíamos dejar impreso nuestro mensaje: “Estamos desafiliados”. Nos tomó media vida esperar a que se secara el grafito. Y ahora que la publicidad que le hicimos a los productos que combatimos con la poesía nos ha dado casa, carro y la beca de un amor que se ha bifurcado en dos hijos, llegamos a estas islas de la memoria de la mano de nuestra prometida y sus hijos, Salomé y Salvador, a contraer matrimonio.La primera llamada que recibimos es del brujo Simón González desde Cartagena, donde quien ha sido tres veces Gobernador de las Islas acaricia y mima su neurosis, para decirnos que el mejor homenaje al amor es el no-matrimonio. Todo el mundo piensa que estoy traicionando la causa, desde los amigos de la onza hasta los sacerdotes de lo absoluto. Cómo decirles que no lo hago por transigir con las convenciones, que me importan cinco peniques, ni para darle contentillo a la suegra que no me lo está pidiendo, ni al presidente de la empresa que ya sin ceremonia financió mi desbarajuste, ni estatus de legitimación a los hijos, sino para divertirme escandalizando a los que escandalizan a la sociedad con sus desacuerdos. Las emisoras no dejan de batirme por haber dado en forma definitiva el brazo a torcer, a nombre de esas fans que nunca envejecen, y que no se resignan a mi frase famosa de que “de las fans no queda sino el cansancio”.El brujo Pepa, que es la potencia espiritual y mágica de la isla, y a quien le vamos a encomendar la celebración del ritual, me dice que lo piense bien. Que en el concúbito los resortes del colchón se comportan mejor con la querindanga que con la cónyuge. Los botones del Decamerón, donde amarizan nuestras maletas, me saludan como a un portento ad portas de la degollina. La isla no puede estar más bella, pues ni el sol ni la arena están contaminados de narcotráfico. El padrino Samuel, quien ha sido marino y del mar y el amor conoce todos los nudos, me invita a despedir la soltería, que es algo más duro de perder que el himen, en los quilombos de los dieciséis vientos caribes. Un grupo de reggae repite hasta el cansancio esa canción isleña que dice Matildá, Matildá, Matildá robó mi plata y se fue a Venezuela. Se nos sientan al lado una puertorriqueña y una dominicana en pantaloncitos calientes. Alguien nos da de fumar un cigarro turco. Cuando pasados dos días logro regresar a la suite y traspaso el mosquitero para celebrar por anticipado el santo sacrifico de la boda, la novilla no me da ni la hora. A la pobre la emoción por el matrimonio la debe tener mareada. Se han tendido multitud de pancartas. Diez grupos de reggae se presentan en la tarima. El Caribe presenta una danza de olas. Los metelones de siempre esgrimen sus cachos. Nuestros padrinos Samuel Ceballos y Fanny Salazar tienen los brazos llenos de flores acuáticas. El brujo Pepa eleva su mirada al infinito. Salvador y Salomé con sus trajes de pajecitos persiguen un cangrejo que vuelve a casa. El niño me dice mirando el sol: “Papi, yo creo que esto es un sueño. Estoy dormido en Bogotá soñando que estoy aquí. Lo que me da susto es que si me despierto en Bogotá voy a estar solo”.“En la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte u otro amor los separe, se pare o no se pare”, cacarea el brujo, “¿se enlazan ustedes?” Tomo la mano de la novia. “¿Quieres ser la esposa de este poeta?” “No”, musita. ¡Qué vida tan verraca! A las mujeres hay que tenerles más miedo que compasión. Se devuelven regalos en la calle 68 # 4-08.

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