La Nacional

Septiembre 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando uno tiene 20 años no tiene nada qué hacer más que esperar. Qué le va a deparar la vida, si cree que va para larga; qué países va a conocer, si tiene vocación de volar; qué amigos va a conseguir, si tiene necesidad de cambiar de ideas; qué libros va a escribir, si le ha picado el picaflor literario. Por el año 60 solía caminar por el costado occidental de la Plaza de Cayzedo, en busca de un cuero, más aburrido que un náufrago sin un libro. Al fondo del primer piso del edificio Colseguros, en la entrada, había un aviso que duró largo tiempo, y que hacía que a toda la intelectualidad caleña, burgueses y anarquistas disociadores, se les fuera la baba de la delicia en expectativa: “Aquí funcionará en breve la Librería Nacional”. Teníamos noticia de que provenía de Barranquilla, donde funcionaba con éxito, pues había incorporado la modalidad de la heladería y el salón de té. Su fundador e impulsor era don Jesús Ordóñez, a quien Dios mantenga en ese paraíso que según Borges, tiene la forma de una biblioteca. Un día la librería abrió sus puertas. Primeros en ingresar fueron las rutilantes señoras de La Tertulia y los poetas nadaístas enfundados en sus agrios buzos de teen-agers. El surtido de libros era despampanante. Se nos iban los ojos tras las obras de todo el existencialismo, del surrealismo, del teatro del absurdo, Ionesco, Beckett y Adamov; de Miller, de Lawrence, de Nabokov, de Saint-Exupery, de Celine; de Francoise Sagan, Margueritte Duras, Albertine Sarrazine y Christiane Rochefort. Las señoras se paseaban entre las estanterías como en el verso de Eliot, hablando de Miguel Ángel. En las mesas periodistas como Alberto Acosta y Raúl Echavarría aspiraban la guanábana de sus jugos. Pardo Llada era capítulo aparte, rodeado de los rutilantes ‘aviones’ que publicaba los jueves en su página de Occidente. Las mujeres irradiaban exóticos perfumes y los hombres finas colonias. Uno se quedaba velando las sedosas piernas que se veían. Dignos de pasarelas eran los trajes de las muchachas. Todo un disfrute del fru-frú. Todo el mundo era inteligente hablando de cine, alrededor de la mesa de Jaime Vásquez y los chinos de Caliwood, Mayolo, los Ospinas, Andrés, y Humberto Valverde. Los meseros volaban con las aladas bandejas. En la puerta de entrada había un cancerbero vigilando que se fueran a llevar sin pagar los libros. Don Jesús Ordóñez, el genio de la maniobra, se paseaba muy orondo hablando con todos, y recibiendo de todos el reconocimiento por haber convertido a Cali en una metrópoli de leyenda. Se comenzaba a ser la capital cultural de Colombia con los Festivales de Arte que organizaba Fanny Mikey. El profeta Gonzalo Arango, con ese don de gentes que se mandaba, muy pronto hizo migas con don Jesús, quien consiguió un local más amplio en el otro lateral de la plaza, al lado de la Catedral, allí puso la sede principal y sus oficinas. De la sede original me cedió el sótano, que me adecuó como la más bella galería de arte de la ciudad, y allí centramos nuestros Festivales de Arte de Vanguardia, cuyo público era precisamente todos los invitados internacionales del festival de Fanny. En la librería nueva se desempeñaba como el librero mayor el señor Luis Ossa, quien se sabía y nos contaba la historia de cada libro y no solamente su tema. Fue el padre del tesonero Felipe Ossa, quien desde entonces se inició en esa sede y desde hace muchos años ocupa la gerencia general del emporio. Es bueno rememorar las ocasiones felices. Agradecer a la vida por haberlas gozado. Y contarles a los amigos por qué en las cajas me reconocen tan buenos descuentos. Nunca te olvido, don Jesús.

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