La muerte de Marilyn (2)

La muerte de Marilyn (2)

Marzo 19, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

“Esa tarde tuve una bronca con Edward, quien vino a reclamarme porque había anunciado para el día siguiente rueda de prensa donde iba a revelar al mundo el romance que sostenía con los dos K, con el presidente y con el Fiscal General. Y más aún, iba a dar a conocer los apuntes de mi Libro de Secretos, las confidencias que me habían hecho durante sus tan gozosos como azarosos espasmos, tales como la fecha establecida por el gobierno de los Estados Unidos para bombardear los emplazamientos nucleares de China y las bases rusas en Cuba. Con esas declaraciones, estoy seguro, habría cambiado el curso de la historia. Incluso creo que se habría desatado la Tercera Guerra Mundial. Edward estaba histérico buscando el cuaderno pero yo no menos furiosa. “Me han pasado del uno a otro. Fui usada. Me siento un pedazo de carne”, le dije. Me dio de golpes y se retiró antes de las 10. Me había quedado sin los K. ¿Estaría cometiendo traición a la patria? Antes de lo que pudiera pasar, decidí acabar de una vez con todo. Tomé una sobredosis discreta de pastillas de Nembutal. Y comencé a cerrar los ojos. A los pocos minutos creí percibir las caras horribles de Nedles y Mugsy, matones del mafioso Sam Giancanna, a quienes había visto en los casinos en compañía de Sinatra. Mis puertas nunca tuvieron seguro. Mi sirvienta, la señora Murray… Me voltearon, y mientras uno me aseguraba el otro me introducía por el ano, con toda la violencia de que es capaz un sicario, tres enormes enemas envenenados. Estaba prácticamente cagada del susto. Aun entre dormida sentí el infierno. Nunca había permitido a ninguno de mis esposos, amantes o amigos penetrarme por esa sensible parte. Tal vez por cuidarme de ello ningún romance me prosperó. Tal vez por ello me mantenía tan inestable. Era la venganza de la mafia de Giancanna contra los Kennedy. Salieron. Pero al rato entraron otros personajes difusos, para mí familiares, tal vez el mismo Edward, tal vez Peter Lawford, tal vez mi siquiatra el doctor Ralph Greenson. Sentí que me aplicaban una inyección con más Nembutal. De sobredosis estaba bueno. Hasta habría podido salvarme por ello mismo. Así me pagaban mis dos galanes por mis abrazos. Muerta por mi propia voluntad, por la mafia y por el gobierno. Bendita. Merecí el cielo.

¿Que qué hubiera hecho si hubiera sobrevivido? Voy a decírtelo. Habría obligado a Edward a casarse conmigo a cambio de no divulgarlo. Ello le habría conllevado ser el presidente de los Estados Unidos y yo la Primera Dama. Y como Primera Dama sin espacio para los K, habría vuelto a tener relaciones con cada uno de mis anteriores amantes, tal vez con excepción del mediocre de Daugherty que nunca me valoró y menos con Sinatra que se hizo el loco. Con Slatzer, con De Dienes, con Di Maggio, con Miller, con Brando, con Elvis, con Curtis, con Ives Montand. Y a todos les habría dado lo que tanto me imploraran. No continuaría con mis remilgos. Ya para qué. Finalmente hubiera renunciado al honor de gobernar el imperio, más irreal que el celuloide, y me hubiera recluido en un palacio en una isla secreta. Para acompañarme habría escogido entre los dos poetas latinoamericanos que me entonaron sus réquiems. A Cardenal lo habría descartado por sacerdote y homosexual. A decir verdad, me tramó más el tuyo. Me acordaría que dijiste que Marilyn había sido más importante que la doctrina Monroe, que todo hombre ora a lo que más ama cuando lo que más ama está muerto, que habías querido acostarte boca abajo en el cementerio de Westwood, y habría mandado por ti, querido.”

La médium volvió en sí, se fregó los ojos, no sabía ni dónde estaba y parece que no se acordaba ni cinco de lo que había transmitido. Yo andaba por el séptimo cielo. Nos secamos, nos vestimos y despedimos, no sin antes alargarle una propina hollywoodense.

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