La máquina de coser

Junio 26, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La máquina de escribir ha sido el artefacto que más he pulsado y por el que he llegado a la adoración, en una vida que ya va para larga entregada a las letras sin haber cambiado el estilo. Del acompasado tecleo de mi Olivetti Studio 44 adquirida de contrabando en la isla de San Andrés, donde viajé a enterrar en la arena la parte de mi alma que se me gangrenó en un romance, me serví para laborar a placer y así sobrevivir sin penurias, redactando textos publicitarios que me pagaban a tarifas de genio, crónicas periodísticas como a un talento en ascenso y textos literarios de todo género por lo general ad honorem. Todo esto antes de que llegara la computadora a sumergirme en la literatura portátil. De la máquina de moler a la que daba vueltas en la cocina mi abuela de madrugada, con los granos de maíz remojados para asar las arepas de todo el día, esas arepas insaboras de la tradición antioqueña que se masticaban a la par con casi todos los platos, prefiero referirme en un canto aparte donde cuente que el castigo de mis travesuras consistía en ir echando en la taza de aluminio de la máquina los granos de maíz blanco que tomaba de otra taza de porcelana, y moler y moler hasta que me quedaba sin fuerzas la masa que la abuela amasaba una vez más con sus manos y a los trozos les daba forma redonda y ligeramente aplanada antes de ponerlos en la parrilla.Pero eso sí, hay otra máquina que colma los paisajes caseros a partir de cuando era mudo pues no sabía qué decir y sordo porque no sabía lo que me decían hasta que me di cuenta de que esa música de una rueda girante y una aguja reiterativa era la fuente de ingresos para las ocho bocas de la familia y ésa es la máquina de coser donde papá pedaleaba día y noche para confeccionar vestidos para los señores de Cali que a pesar del calor querían posar de elegantes. Nadie nunca aparte de papá manejó esa máquina, como no fuera mamá para limpiarle el polvo con un trapito. Pero debo contar que la primera vez que me quedé a solas con ella y traté de coser un trapo, la púa de acero me atravesó uña y falange del índice derecho con hilo blanco arrancándome un grito y una gota de sangre y era de reír la desesperación de mi abuela corriendo por la casa en busca de yodo, gasa y esparadrapo en tanto yo me chupaba el dedo perforado y dolido.Desde entonces nunca volvió a ser para mí una herramienta utilitaria sino de culto pues me pasaba los días mirando pedalear a papá como si ascendiera por una cuesta mientras que le leía de corrido los tomos insaciables de Las Aventuras de Rocambole, villano convertido en héroe del bien, que le recomendaba el médico homeópata Luis Rosales Irama para el esplín. Él escuchaba espeluznado y para mantener el espíritu alerta y los nervios atemperados tomaba discontinuas cucharadas soperas de miel de abejas con algunas gotas de anís. Nunca se supo qué pobre era porque siempre vestí de paño y en consecuencia andaba con una sonrisa en ristre que salía con el pañuelo del bolsillo de la chaqueta y más todavía cuando alcancé la talla de padre y dispuse de su variopinta guardarropía para asistir a los bailes de la barriada donde era todo un príncipe azul de izquierda, pues algún libro progresista me había comenzado a comer el coco.Qué profesión la de mi padre, pensaba con todo orgullo, la de vestir a la gente para hacerla más gente, como se dice. Y hacerlo sentado a la máquina Singer, que había traído de Rionegro a lomo de mula, heredada del maestro que le iniciara, luego de dar vueltas a la gran mesa con su tiza sobre los paños y las tijeras siguiendo la marca de los blancos trazos.

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