La mancha de los Quijotes (2)

La mancha de los Quijotes (2)

Julio 26, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Alguien con más curia, seso y estilo, podría acometer el recuento de este vía crucis. Otrosí los quijotes actuales sí viven la misma realidad que los otros, y trabajan más la razón que la sinrazón, sólo que se empeñan en que son incomprendidos por sus vecinos de realidad, triunfadores. Y a nadie tienen por qué rendir cuentas de su fracaso, pues un presunto triunfo atentaría contra su propia definición.El Diccionario de la Real concreta en lo que devino el Quijote luego de la muerte de Alonso: “Hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo”. Hay algo peor aún, quijotescas, practicantes de quijotismo, “esa exageración en los sentimientos caballerosos”. Porque hasta se soporta un hombre idiotizado con el idealismo, pero una mujer, lo que tiene es que aterrizarnos.Aquí podemos entrar, como roñosos colombianos, a ver por dónde se coló la imagen inmortal creada por Don Miguel. Comencemos por los quijotes poetas, que se niegan al baile de la peseta, le sacan el cuerpo a la realidad y terminan quebrando lanzas contra sus costillas. Hacen de la humildad su atributo, como si hubiera sido humilde el Hidalgo, que antes se las traía de arrogante. El que no es arrogante con qué arrestos se arroga la poesía.Menudean también los quijotes profesionales, fundadores de fundaciones, sin ánimo de lucro y sin ánimo para nada, estancados en la idea fija, que pretenden mover con la donación generosa de entidades menos quijotas. Aquí hay que detenerse pues si bien salió Don Quijote por primera vez sin blanca y sin muda, le hizo ver el ventero que un caballero debía llevar dineros y camisas limpias y así lo hizo en su segunda vez, llevando bien herrada su bolsa. Así que no ha de verse quijote como sinónimo de buscón.Se pensó en un principio que eran quijotes los que armados de fervor revolucionario se iban al monte. Y lo fueron los que murieron tras las primeras de cambio. Pero los que se quedaron, tan pronto se les apareció la virgen del narcotráfico, se dedicaron a fines más lucrativos que la salvación popular. Hicieron del secuestro, la vacuna y el boleteo un modus vivendi a costa del penar nacional.Llegaron otros -¿habría que llamarlos paraquijotes?- que enfrentaron a la guerrilla en protección de sus víctimas, esos prósperos ganaderos que despertaban con la sentencia de que no podían volver a sus extensas haciendas. Éstos llevaron más allá el salvajismo, no tanto con la guerrilla como con sus presuntos aliados, y el mundo se dio cuenta que en el corazón de los colombianos duermen monstruos implacables. Si los unos maman de las tetas de oro del narcotráfico, por qué los otros no seguían el juego, por lo menos en el cobro de ‘gramaje’. Y en vez de un monstruo patricida ya fueron dos, con los campesinos en la mitad. Ahora, para resarcir en algo el daño causado, van a devolver las tierras recuperadas a la guerrilla y las compradas por ellos mismos, para darlas a campesinos y desplazados. ¿Hay mejor manera de desfacer el entuerto? Ya en los primeros narcos se manifestó la quijotería, cuando destinaban parte del producto de su negocio a construir barrios para pobres. Y facilitaban el acceso del poder popular al poder real.Pobre Don Quijote de la Mancha con tan feroz y variopinta correspondencia. Así las cosas, el último verdadero Quijote que va quedando en Colombia, soy yo.

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