La lora en la estaca

Enero 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La infidelidad femenina es el cuento de nunca acabar, porque la masculina, o nunca existió o cuánto hace que se acabó. Siempre -según los manuales- los hombres podían avanzar en el terreno de sus conquistas, porque eran precisamente eso, conquistadores, mientras que a las mujeres les estaba vetado por ser precisamente lo otro, plazas conquistadas. Y una plaza entregada simultáneamente a dos o más rivales, repugna.Esta teoría, que ha contado con una relativa aprobación del derecho natural y el divino, vino a ser cuestionada y mandada al traste a partir de la aparición de unas féminas fragorosas, quienes se decidieron a imponer la tesis de que las mujeres son en absoluto iguales a los hombres en capacidad física, anímica, intelectual y en derechos humanos y hasta divinos. Dicho movimiento se llamó el feminismo y contó entre sus huestes con algunas de las mujeres más inteligentes e intransigentes del siglo pasado. No necesariamente lesbianas o bigotudas, como fueron atacadas por algunos de los últimos resistentes machistas. Mitos como la virginidad, la lealtad, la fidelidad, la dependencia, los celos, el repudio y el abandono perdieron vigencia. Se fueron imponiendo los ojos que no ven, el corazón que no siente y la oreja gacha. Ante los casos patentes y patéticos de evidencia del adulterio, se impuso la vergonzante costumbre de que el marido subastara el sofá, que a veces terminaba comprando el amante secreto para continuar la faena. Pero en sociedades burguesas como las nuestras, se mantuvo la hipócrita costumbre de guardar las maneras. El hombre a su trabajo, la mujer en su casa. Y en el interregno, que lo que haya de pasar que pase, que para eso no va a haber testigos de cargo. Eso era lo que creía la pareja londinense conformada por Chris Taylor y Susy Collins, ella de 25 años, el de 40, según nota aparecida en el Daily Telegraph. Mientras Chris cumplía con sus labores para sostener la casa, Susy era sostenida en esa misma casa, pero en sus brazos, por Gary, su compañero de trabajos temporales. En tanto el loro de la familia, Ziggy, devoraba en su estaca su barra de chocolate, que le traía puntualmente el bueno de Gary. Pero más bueno era Chris, quien siempre llegaba a su casa fatigado de su trabajo, tomaba al lorito en su dedo y, cuando sonaba el teléfono, éste gritaba emocionado: “Gary, Gary.” Chris, con su flema británica, no parecía sospechar nada anómalo. Susy atiborraba de chocolate el pico del loro y este callaba. Hasta que pasados los días, y no por reiteración verbal mecánica sino por pura compasión con su dueño, el loro desaforado comenzó a parlotear cada hora, en una imitación perfecta de la voz de su ama, locuciones comprometedoras como “Dale, Gary, más duro.” “Gary, no pares.” “Gary, allí voy contigo”.Semejante evidencia no pudo ser contrarrestada por la ruborizada Susy, quien confesó entre sollozos su zorrería ante un juez de familia. Este aceptó que la esposa fuera repudiada por el esposo, siempre y cuando la indemnizara con algo. Ella se llevó el sofá y él se quedó con el loro. Pero el pobre Chris, en vista de que el pajarraco no cesaba de gritar mientras el trataba de conciliar el sueño, “Gary, te amo.” “Gary, dale de nuevo”. “Gary, ahora por donde te gusta, Gary”, resolvió subastarlo en una galería renombrada, pues por algo era el papagayo más famoso del Reino Unido y por ende el más cotizado. Lo adquirió un comprador secreto, quien pujaba a nombre de Gary. Este, tan pronto lo tuvo entre sus manos, le torció el pescuezo. Pues merced a su cotorreo indiscreto, hoy tenía que someterse a vivir en concubinato con Suzy, semejante pájara. De modo pues que a las parejas modernas, y también a la otras, no les va a quedar más remedio que hacer como los piratas para seguridad del tesoro, salir del loro.

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