La guerra, pero pasito

Octubre 04, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

No lo podía creer. Antes de las seis de la tarde del 2 de octubre sentí que se iban cerrando las puertas de la salvación del país por la paz, que ya veíamos entreabiertas, por la que mi generación de poetas, entre miles y miles de escritores y artistas, líderes políticos y de opinión, luchamos con la palabra y con la obra por más de medio siglo. Ya había escrito la columna de hoy, que debí romper, terminando con un parte de victoria muy al estilo del maestro Fernando González: “Los poetas nadaístas ya podemos morir tranquilos, pues hemos visto llegar la paz al país donde nacimos de la mano de un nadaísta que merecería convertirse en su presidente. No será el presidente perfecto, pero es el mejor posible”.Con este preclaro mensaje he viajado en los dos últimos años por medio mundo, Cuba, México, Nicaragua, Perú, Francia, hasta llegar a la China -y me aprestaba para seguir por Houston y Nueva York-, distribuyendo nuestro postrer manifiesto político ‘A la mierda con la guerra. Nadaístas por la paz’, y en ellos y en ciudades y pueblos nuestros, de Medellín a San Vicente del Caguán, había pulsado complacencia, solidaridad y respeto.Por lo menos en el exterior, nadie pensaba que este país, después de 70 años de guerra y del arrollador proceso de paz ya firmado, pudiera por voluntad popular darse el lujo de retornar a la guerra.He sentido que se me derrumbaba el mundo que recién empezaba. Pensé que al fin los periódicos iban a entrarme en las madrugadas por debajo de la puerta desempapados de sangre. Que mis hijos iban a tener sus hijos bellos y felices en uno de los países más felices y bellos del mundo. Por el celular me entra un mensaje de Poeta Exiliado, que dice: “Si la memoria no me falla, Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Quizás sea un acto de barbarie también escribir poesía en un país en donde una vez quisimos, como ustedes los nadaístas lo dijeron en su manifiesto, mandar a la mierda la guerra. Y lo que conseguimos fue mandar a la mierda la paz. ¿Qué vamos a hacer ahora? He dejado de lado las notas de la clase de filosofía que preparaba para mañana puesto no sé qué decirles a los jóvenes, decirles que estamos en un país donde el sentimiento de venganza y el odio se ha apoderado de los corazones insensibles que no pudieron ponerse los zapatos de aquellos que han sufrido la inclemencia de las bombas y los gritos desolados de todos nuestros campesinos, que han tenido que abandonar sus tierras en busca de una ‘vida mejor’. Colombia hoy llora la desesperanza, se vienen abajo las teorías y todos los discursos, preferimos el estruendo de los fusiles antes que la música y la poesía. ¿Qué país vamos a dejarles a nuestros jóvenes? Como dice usted, don Jota, ¿será que después de la guerra tengo brazos y será que tengo con qué hacer el amor?”.Entran mi mujer y mis hijos con el dolor en el rostro. Nos sentamos a ver las noticias. Poco a poco nos vamos apaciguando. Todo el mundo está por la paz, los que perdimos y los que ganaron, los del gobierno, los de la oposición y los de la guerrilla. Lo que quiere decir que “no ganó el No, sino el Sí, pero…”. Nada de insultar al señor Uribe, que ya se le ha insultado bastante en todo el proceso. Habrá que felicitarlo por el palo triunfante, así lo asumamos como un garrotazo. Y hacer votos porque si se sube al carro de la paz, logre que no se frustren las esperanzas de un pueblo por tantos años martirizado.En gesto de gallardía, Humberto de la Calle ha ofrecido al Presidente su renuncia al papel de mediador en la mesa de negociaciones de La Habana. Si la función debe seguir, y aparecen otros actores, no es prudente que el protagonista desaparezca.

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