La escoba en el trasero

La escoba en el trasero

Julio 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Ante el reciente caso de muerte por empalamiento de una señora en el Parque Nacional de Bogotá, por parte de un galán de motocicleta y compañero de estudios que comenzó dándole con el casco en la cabeza antes de proceder a violarla y dejarla abandonada a su suerte a la madrugada -lo que desencadenó el unánime repudio de la comunidad, al que me sumo-, traigo a cuento un episodio sucedido hace 15 años, en Curramba la bella, del cual dejé una polémica constancia en mi diario. El antecedente de Drácula, Vlad ‘el Empalador’, de Rumania, empaló, en un día, a 20 mil personas consideradas enemigas de su reinado en Valaquia, en el Siglo XV. Aunque en el caso que voy a contemplar interviene el sexo, la sevicia es atemperada, y las conclusiones a que llegué no estoy seguro de defenderlas hoy, aunque me sostengo en la aseveración final. Divulgo entusiasmado que los derechos humanos contemplan que a nadie se le debe matar en el salón de recibo de su vivienda, ni en parte alguna. Que a nadie se le debe someter a tortura así esté preso, y le haya metido los dedos por el agujero de un túnel a la inteligencia militar para llevársele las escopetas almacenadas. Que a nadie se debe amarrar y vendar y menos ponerle un caballo al lado para que se le coma las orejas. Que a nadie se le deben cortar los testículos para que cante como Farinelli. Que a nadie debe secuestrarse porque en ese acto hay toda una confluencia de crímenes.Pero hay casos de casos, y es en estas hipotéticas excepciones donde se operan seguramente las mayores violaciones a los rectos y a los derechos, por contar con algún consenso. Que un par de padres, por cierto de muy buena posición social, se den cuenta -casi que con captura in fraganti- que un muchacho de catorce años está introduciendo su pene a la brava en el ojete de su hijo de siete, es circunstancia altamente motivadora para que pierdan los estribos y piensen en el escarmiento. Fue lo que sucedió en Barranquilla, donde los muchachos se inician por lo general con burras, según cuenta la leyenda y confirma el poema de Gómez Jattin. Los padres del chiquillo, indignados, tomaron al pederasta precoz, lo montaron en su camioneta y se lo llevaron a un descampado, donde para que supiera lo que era bueno, le bajaron los pantalones, lo pusieron en cuatro, y procedieron a introducirle un palo de escoba por el mismo orificio por donde acababa de violar al infante. Saciado el correctivo, al llevarlo de retorno al sitio inicial de los hechos, los padres vindicados fueron capturados por la Policía, alertada del posible secuestro del adolescente, a quien hallaron sangrando. Fueron conducidos a la cárcel de inmediato y se proclamó la noticia como un acto salvaje.El menor de siete quedó pues, roto sin remedio y sin padres, contra quienes la sociedad y algunos medios piden castigo ejemplar. El adolescente se repone del escobazo y seguramente quedará con un trauma que le impedirá volverá a hacer lo primero. En las violaciones de infantes se han presentado casos en que la comunidad trata de linchar al agresor. Traigo esto a colación sólo para pensar en cuántos padres como yo no aprobarían en el fondo de su alma este feroz castigo por mano propia. Algún amigo humanista se escandaliza con mi actitud condescendiente con la brutalidad adulta, me plantea que el más grande pudo haber sido instigado por el chiquito, y me pide que así como acepto este empalamiento, ¿qué actitud tomaría si fuera el padre del pequeño violador ante la acción de los mayores verdugos? Y pienso que tomaría el palo de escoba y les haría lo mismo.El problema es que así terminaríamos todos ensartados. Es una parábola de lo que le pasa a Colombia.

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