La cueva del monstruo

Diciembre 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hasta ahora, no me ha cabido la familia y los libros en la misma casa, y no es porque sea supernumeraria, apenas mi mujer y dos hijos, que están partiendo. Sucede que desde muy joven me cayó el virus de la lectura, y no paro de padecer un arrume de libros ante mis narices sino cuando les hago el saquis para esa otra devoción todavía peor que es la del alebreste, la rijosidad, la arrechera, que para eso soy caleño arraigado en la capital. No sé cómo es posible que el cuerpo me siga solicitando que le dé gusto, como si ya no hubiera tenido lo suficiente con más de sesenta años de calentura. Durante un par de años tuve pues, a la vuelta de casa en Chapinero Alto, un estudio morrocotudo para la libramenta, y demás situaciones a las que me viera abocado, pues todo bohemio que se respete dispone de eso que la jerga popular denomina 'el desnucadero'. Lugar que debe ser discreto, de poca pantalla, de baja acústica y de vecinos inexistentes.   En los dos años que allí convalecí de la fiebre investigativa sobre la vida y desmanes de mi antepasado Nerón -según me fue revelado por la escuela de médiums de San Nicolás-, cuya criminología contra los cristianos de entonces me tocaría redimir, me entretuve también en el desentrañamiento comportamental del Marqués de Sade, estelar y abominable figura de la época de la Ilustración. Para ello me hice acompañar no sólo de sus obras completas empastadas en piel de mono, sino de los estudios al respecto de Gaston Bachelart.En ese tiempo el lugar era un caserón de dos pisos. Yo ocupaba el primero de más de doscientos metros y en el piso de arriba habitaba en dos cuartos una de las dueñas con su hija en trance de merecer. Había un jardín al fondo para mi disfrute, donde retozaba a pierna suelta mi conejo Playboy, y más al fondo la casucha monacal de otro de los dueños, un hombre bueno.El lugar era hermoso, libros y flores, más la música de In a gadda da vida, de Iron Butterfly, de Anthrax  y de Los muertos agradecidos que tan bien me vienen. En la estantería principal campeaban los tomos de Poe y Lovecraft, amén de todos los tratados de hechicería que mis anteriores mujeres me fueron dejando. En espacio tan amplio y al terminar mi ensalada de hongos sobremeseada con ayahuasca -plantas sagradas-, me dedicaba a prácticas de telequinesis, de desdoblamiento, de comunicaciones mediúmnicas con maestros apostáticos, imbuido en lo que pensaba sería el conocimiento trascendental. No sé si por razones de arquitectura o por la potencia de mis prácticas el caserón terminaba crujiendo y yo arrebujado entre mi edredón de Galicia.    Hablando del Marqués y del carácter y mente criminal de sus tétricos personajes, develaba Bachelard describiendo la filosofía del libertino: “Es la del interés, seguido por el egoísmo integral. Cada quien debe hacer lo que le plazca, nadie debe tener otra ley que su placer… El mayor dolor de los demás cuenta siempre menos que mi placer. Qué importa si yo debo comprar el más débil regocijo a cambio de un conjunto de desastres, pues el goce me halaga, está en mí, pero el efecto del crimen no me alcanza, está fuera de mí”. La mente criminal, acuciada por el deseo, y de adehala por el alcohol y la droga, no se para en pelillos. El pobre hijodeputa es víctima de sí mismo, lo que no tiene por qué absolverlo.   Un día oí caer, procedente de la ventana del segundo piso, el cuerpo de la jovencita sobre la hierba húmeda de mi jardín. Acudió el tío en su auxilio. Según me enteré después se habría arrojado ante el intento de violación de dos hombres que la acompañaban en una celebración de tono subido.  Abandoné el sitio ante el convencimiento de que se trataba de un lugar señalado por el maligno. Adónde si alguna mente criminal llegaba quién sabe qué podría desatarse. Demolieron la casa e hicieron un edificio. Es el Equus 66.      

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad