La cruzada de los niños sin cruz

Septiembre 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como se va llegando la hora de organizar los papeles, estoy pasando a limpio para una editorial interesada en que no se queden inéditos, los diarios que he venido llevando en los últimos 50 años, que no son todos tan frívolos ni humorísticos, porque cuando la cruda realidad interviene se apaga la risa. He quedado de una sola pieza, como dicen los poetas de inquilinato, al encontrarme con esta página fechada en diciembre 11 de 2000, y que tal vez no alcancé a publicar en ninguna parte. Parece que nada se avanza con que el escritor denuncie estos bárbaros episodios, en un país donde siguen siendo el pan amargo de cada día. Ver por ejemplo el caso reciente de los policías achicharrados. Pero que conste por lo menos que no nos quedamos callados. A los niños les gusta juguetear a la guerra con sus armas de juego y haciendo pum con la boca. El afectado cae a tierra llevándose las manos al corazón. Al poco tiempo se levanta entre risas y dispara a su vez contra quien acaba de fulminarle. Éste no tiene tiempo de caer muerto porque mamá les llama a tomar ‘las onces’.Once niños fueron enterrados en el humilde cementerio municipal de Bucaramanga, con lápidas de NN, víctimas de la broma macabra de la guerra, jugando en el bando de la guerrilla. Llegaron a su última trinchera en una camioneta blanca perseguida por una nube de moscas. Once cuerpos desnudos y cosidos a bala sobre el platón del carro, que emitía por las ventanillas compases vallenatos a todo full. Ocho días habían permanecido en el anfiteatro, a la espera de que por arte de la magia de la infancia se levantaran de un brinco de su pose de muertos y regresaran a casa de su mamá. Pero la realidad de la guerra no permite milagros, y once colombianitos a quienes comenzarían a apuntar los pelos del pubis ingresaron en ese archivo de la infamia que son las fosas sin nombre.Llaneros era los niños, como llanero fue el niño Pascasio que participó en la escaramuza de Boyacá y encontró a Barreiro evacuando entre unos matorrales y lo sacó con su larga lanza chuzándole el nalgatorio hasta entregárselo en persona al general Bolívar. La historia aplaude el heroísmo de este infante, pero nuestra contemporaneidad condena la participación de imberbes en el conflicto.Los niños habían sido arrebatados de sus casas por la guerrilla, la cual entre otras instrucciones de guerra -según testimonio de pequeños desertores de la batalla- contempla la de que se peguen un tiro si se ven en riesgo de ser capturados, para evitar que les saquen información. Peor todavía, -y esto no atinaría a creerlo el más bárbaro-, algunos de los niños fueron ejecutados por su propio comandante ante la posibilidad de la deserción por físico pánico, y en presencia de los amedrentados desertores futuros.Este episodio sucedió en Suratá, Santander, para vergüenza de la historia y escarnio de sus protagonistas de bando y bando. De los 150 niños reclutados por la guerrilla en Caquetá, Guaviare, Meta y Vichada, para integrar el frente móvil que pretende recuperar las zonas perdidas del Magdalena Medio, ll murieron en combate y recibieron cristiana sepultura pero sin misa, 13 fueron capturados por el Ejército tras 4 días sin probar bocado, y 5 más desertaron aterrorizados. Tal vez esto dé para que algún día un poeta escriba una nueva Cruzada de los Niños, como la prodigiosa de Marcel Schwob. Con la pequeña diferencia de que los nuestros no serán tan heroicos. Pues no iban al rescate del Santo Sepulcro sino en busca del propio que ni cruz tuvo, combatían sin convicción cagados de susto y muchos de ellos ya eran huérfanos o trabajaban como raspachines.

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