La corona de la obra

Enero 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Mi hermano, menor 5 años, a pesar de la diferencia del tamaño de los ojos -pues en tanto mi padre a él lo catalogaba de “ojos de vaca”, a mí me trataba de “ojos de pulga trasnochada”-, empezó a tratar desde nuestra adolescencia y juventud de ser lo más parecido a mí en lo que pudiera. Para empezar me imitaba la letra, que pretendía ser Palmer; el peinado, como lo había impuesto Elvis Presley, aunque él lo derivaba a lo Tony Curtis, y la manera de caminar copiada del pachuco de Clavillazo. Mis amigotes de la farra trataban de hacerle el quite por la diferencia de edades, a pesar de que él también tomaba pepas y fumaba maracachafa y tiraba paso en Juanchito, por lo que comenzó a hacer poemas, también, y en vista de que ninguno de la pandilla le hacía caso, como no se lo hacía ni siquiera a Andrés Caicedo que por ahí volteaba, resolvió mandarlos por su cuenta a la revista El corno emplumado, de México, que dirigían Sergio Mondragón y su mujer de entonces, la poeta norteamericana Margaret Randall, donde publicaban lo mejor de la poesía de vanguardia bilingüe. La sorpresa fue que en el último número aparecieron a profusión los poemas de Jan Arb, de 16 años, acompañados de los de los jovencísimos chilenos Cecilia Vicuña y Claudio Bertoni, presentados como los jóvenes monstruos. Nuestros delfines. Eran los primeros años 60. Cecilia pasó por Bogotá en una época y esgrimiendo su amplia sonrisa nos acompañó en nuestros desafueros estéticos y siguió para Nueva York donde se dedicó también a la plástica con regocijante éxito. De sus libros publicados conservo Sabor a mí y El Zen surado. De Claudio Bertoni acabo de recibir unas fantásticas obras definitivas, publicadas por Mansalva, con el título de El cansador intrabajable. ¿Y qué pasó con mi hermano, el poeta Jan Arb, inmarcesible promesa de los 60?Siguió escribiendo poemas, pero en lugar de continuar con nuestra estética depravada, que el padre Félix Restrepo cuando era presidente de la Academia calificó de “literatura de alcantarilla”, dio el salto a los ángeles y comenzó a entonar loas al Señor. Yo vivía con una maga en Bogotá en pleno fogueo libidinoso y tuve noticias de Cali de que el convivía con una señora vidente, con la diferencia de que no había romance pues la señora era bastante mayor y vivía con su familia, sino que hacía de su asistente en sanación de enfermos y visualización de futuros. En la necesidad impostergable de diferenciarse de mí, había tomado el camino del celibato, y la pureza del cántico. Y lo hacía, entre otras cosas, para orar por mi alma, irremisiblemente perdida por el torcido sendero. Se quedó en la casa paterna cuando se fueron los mayores, leyendo la Biblia y trapeando para sacarle brillo a su alma, mientras yo continuaba con mis poemas bastardos ganando premios. Escribiendo todos los días, pero nunca volvió a dar a conocer sus escritos, con excepción de un iluminado cuaderno sobre la plusvalía en las relaciones titulado El robo en el amor, que le publicó la Universidad del Valle cuando estuvo coqueteándole a la psicología. El resultado de sus oraciones ha sido el que su hermano, el que posaba de incrédulo, ha terminado también por darle la cara al Señor a la hora de “la corona de la obra”, como la llaman los esotéricos. Y se ha internado entre las carpetas inéditas de quien se alejó de los cantos de sirena del mundo, y ha hallado una obra sorprendente que se propone dar a conocer al mundo, tal vez con la ayuda del mismo poeta ahora zen Sergio Mondragón, el de México, con la venia del bienaventurado. A quien ayudará a su vez, cada que lo visite en la casa paterna, con la escoba y el trapeador. Para mayor lustre de la familia Arbeláez. Recordando, para conjurarla, la queja de la abuela Carlota cuando se dio cuenta de que su nieto menor también andaba de poeta: “Dios nos castigó con la Nadaísmo”. Al contrario. Fue nuestra salvación, abuelita.

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