La casa de visita

La casa de visita

Noviembre 08, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Tengo miedo de esas grandes palabras que nos hacen tan infelices, escribió Joyce en uno de sus tórridos libros. Desde que leí esa frase abandoné los fonemas como libertad, democracia e incluso revolución. Y me dediqué con humildes términos a edificar la morada de la palabra a partir de mi casa de las agujas del barrio obrero. Hoy encuentro un último cuadro de casa, de los muchos que he escrito en la vida y lo pongo en la plaza pública. La casa que hasta hace algunos poemas andaba llena de gente, hoy tiene un íngrimo habitante en el cuarto de atrás que es mi hermano Jan Arb, el del Canto al Señor y otras oraciones con las que suele explicarse de curandero. Sólo el poema salva las casas y a las personas, y él lleva 40 años martillando palabras que apuntalen las puertas y ventanas. En la cocina hervían desde por la mañana caldos de carne y resoplaba la olla invitando a los visitantes a pasar a la mesa, incluso al cartero, que dada mi correspondencia copiosa se le ha considerado parte de la familia. Hoy mi hermano se esmera, cuando llego de Bogotá a echarle un vistazo, en prepararme fríjoles con carne en polvo y chicharrón a la manera de la abuela Carlota, fumando con parsimonia. En la sala hervían también las visitas de los novios y amigos de las muchachas.La parla en risotadas iba desde el momento en que los abuelos se desprendieron de los riscos de sus poblados para buscar el sitio donde los mapas esotéricos señalaban que quedaría el paraíso terrenal cuando lo terminaran los albañiles, hasta el último funeral donde volvieron a reunirse todos a la sombra del horno del crematorio. En las alcobas de esta casa se roncó a pierna suelta y los padres murmuraban qué será lo que escribe ese muchacho gastando luz hasta estas horas. Pero peor el otro que no llega, dónde lo habrá cogido el toque de queda. En el corredor que da a las habitaciones donde luego roncaran mamá y Cecilia antes de que salieran la una para la clínica y la otra para casarse continúa la estantería de madera con espacios entre los libros cuyas páginas papá pasara con la yema del índice ensalivada marcados en el sitio donde lo sorprendieran el sueño o el desgano con papeles de colores que resaltaban el teléfono del cliente moroso.Uno de los últimos caprichos de mamá fue comprarse un televisor con pantalla gigante para conmoverse más con el llanto de las actrices, mas nadie volvió a tocar el control remoto para apagarlo, aunque se sabe que está guardado en su mesa de noche entre sobres de Cafiaspirina y las mancornas de mi grado de bachiller. En un triciclo pasa un señor en camiseta cantando su mazamorra y desde la ventana le digo que me sirva dos cucharones que ya le pago. Pero él me sube tres de cortesía por si alguien llega de sorpresa y se va pedaleando en el preciso momento en que timbra Lalo. ¿Será el mismo señor que por la casa de antaño pasaba gritando ¡las panooochas calieeentes! mientras mi hermana Graciela Edilma que recibía en la sala la visita de Harold se ponía colorada de la vergüenza? Tanto como atormentaban a mamá las goteras desde cuando vivíamos en el barrio Obrero en la casa de las agujas para saber que ahora este apartamento del segundo piso de un edificio de tres en la Avenida Guadalupe está haciendo aguas en la sala porque en el piso de arriba hay materas en canaletas sembradas de buganviles, flor de moteles. De modo que hay que colocar tres platones para aparar el agua que sube y baja dando vida a nubes y flores. El olor del sancocho se esparce por la casa a medida mi hermano lo va sirviendo y me pide que apague la computadora para tender los individuales. Por lo que no me queda otro remedio que ponerle punto final a este canto nostálgico. Y colocarme la servilleta.

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