La buena prensa

La buena prensa

Noviembre 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

El hombre es un animal de placeres que gratifican por igual intelecto y sentidos. No voy a hablar de la comida, porque es de mala educación alardear de lo que muchos carecen, a pesar de ser un imperativo. Ni del vino, que sirve para acompañar por igual alegrías y tristezas. Ni de la música -y su cercano pariente el baile-, de los que se dice que son el arte absoluto, el que transporta, más sutil que cualquier Concorde, ese arrogante avión supersónico que terminó como chatarra en un cementerio de ángeles derrotados. Por eso tampoco hablaré de los viajes físicos, esos que lo meten a uno dentro de las tarjetas postales, dándole una ilusión de perennidad al pie de las derruidas torres gemelas, la Eiffel de fierro, la muralla china o el Taj Mahal.El placer al que me refiero tiene que ver con la lectura, y en eso se emparienta con el libro -que defino como el objeto sexual objeto de mis desvelos al que nada le objeto-, y por ello vivo rodeado de todos los que logré poseer y nunca se fueron. Así algunos también, como amores blandos, me los hubieran birlado. Pero este otro invento denominado prensa impresiona además la vista en la contemplación de las gráficas de primera y el diseño de armada, tiene el amable olor de la imprenta, se deja manejar en despliegues similares a la caricia. Lo pone a uno en contacto con lo que pasa y con lo que debe significar lo que pasa, porque si solo informara sin interpretar sería poco lo que pasara. Además ayuda a hacer clasificados negocios, avizora los meteoros climáticos, los que se las tiran de cómicos generan la primera sonrisa, es la voz del oráculo de lo que sucedió pero también de lo que puede pasar, es la conducción sicológica del país desde un palacio sin nombre de prócer. Impone un tacto sin límites. Un título irresponsable puede generar pánico colectivo.Algarabiza en el periódico una tribu de respetables opinantes, que terminan incorporados al presupuesto mental de la población, algunos tan certeros como despistados los otros para el contrario, con la radical ventaja de que cada uno puede decir lo que le plazca, que para eso es él quien corre el riesgo de su seguridad y su permanencia. Antes el periódico sólo transmitía los puntos de vista de una facción, partido o clase política, y en situaciones emergentes le tocaba enfrentarse a piedras o llamas, por un pueblo azuzado o por intolerancias gubernamentales. Los poetas que escribimos en los periódicos contribuimos a la confusión general de manera deliberada, alimentando dudas, pero de parte de nada ni de nadie que no tenga en alta estima el respeto por la criatura social que representamos.Se sigue amenazando con la muerte del libro, reemplazado por un cacharro electromagnético. Lo mismo del periódico físico sustituido por el virtual. Aunque puedo consultar todo lo que se me antoje en pantalla, es una sensación asaz placentera el sentir en altas horas de la mañana cómo se desliza silente el periódico por debajo de la puerta haciendo ese ‘suisss’ que me produce cosquillas y me prepara. Como diciéndome: “Llegué. Calientito.” Que nadie me lo vaya a abrir antes que yo, es la consigna. Como en todo placer de alcoba. Un ritual refinado para quienes lo han observado toda la vida.El periódico de papel es una belleza. Además del reporte de la andadura del país y del mundo y de la notificación del amigo en la funeraria, nos ha servido para dar brillo al vidrio de la ventana, para envolver unas papas, para defendernos de la lluvia cuando perdemos el paraguas, para esconder el rostro de algún chismoso, con el ribete mojado para recoger el polvo barrido, para atizar el fuego en la chimenea, y para salir de apuros sanitarios en alguna circunstancia indecible.

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