La bomba de la violencia

Agosto 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Hace 70 años, lunes 6 de agosto de 1945, a las 2:45 de la mañana, los 350.000 japoneses habitantes de Hiroshima sintieron el resplandor de 10.000 soles sobre la Plaza de la Paz, al tiempo que la piel les ardía como un papelillo y un inmenso hongo atómico se elevaba 20 kilómetros. Les había caído encima una bomba de uranio de procedencia norteamericana. 70.000 murieron en el acto, otros 70.000 con el paso del tiempo, por las tremendas secuelas, especialmente cancerígenas. Tres días después el espectáculo habría de repetirse en Nagasaki. De sus 270.000 habitantes también ardieron 70.000. La humanidad –escribió Camus- había alcanzado su más alto grado de salvajismo. Con estos fuegos terminaba la guerra. Capitulaba el emperador amarillo. Se operaba la humillación del Imperio del Sol Naciente, que había tenido la osadía de bombardear el fortín de Pearl Harbor.Fue la primera noticia de periódico que leí en la vida. El hongo atómico sobre la primera plana de Relator. Los relatos de los sobrevivientes, pelados como plátanos, con las tiras de piel cayéndoles a los lados. Me parecía una imperdonable masacre. Estaba seguro que esos civiles de ojos rasgados estaban pacíficamente dormidos a esa hora.Lloré tres noches seguidas bajo las cobijas el sacrificio de los japoneses. Mi abuela trataba de consolarme diciéndome que así es la vida. Por esas mismas fechas comenzó a desgranarse entre nosotros la bomba de la Violencia. Los ‘pájaros’ convirtieron en un infierno nuestros campos y ciudades. Mataron a Gaitán. Muy pronto se contabilizaron 300.000 cadáveres por muerte violenta en los cementerios. O en las fosas comunes.Una vez me tocó contemplar –tendría yo 10 años– en la Central Providencia, que quedaba a la vuelta de mi casa en San Nicolás, 16 cadáveres de campesinos que habían sido masacrados en una finca de Restrepo, Valle. Todo el mundo lloraba y se tapaba las narices con pañuelos, hasta que el líder popular Alfonso Barberena nos hizo salir a todos del local para que no nos entretuviéramos con semejante pornografía de la muerte.Muchos años más tarde, cuando estaba escribiendo mi libro de memorias, me contaba Darío Barberena, hijo de Alfonso, que la matanza fue ocasionada por el Alcalde de Restrepo, quien utilizó a la Policía para asesinar a su propia suegra y a toda la gente de la finca para quedarse con sus tierras. Había llegado el tiempo de los asesinos, como leería después en Rimbaud. Desde entonces no ha habido ningún período de paz en Colombia.Primero fueron los bandoleros, luego los pájaros, luego la guerrilla, luego los narcos, luego los paramilitares, sin olvidarnos de la delincuencia común y de la violencia oficial. De la violencia contra los obreros, contra los indígenas, contra las mujeres, contra los niños. Contra los homosexuales y contra los indigentes. Contra los estudiantes y contra los periodistas.Nunca he tomado un arma, ni de destrucción masiva, ni de repetición, ni de fuego y ni siquiera una puñaleta. Pienso que quitar una vida es dañar el mundo. Un ser vivo es el testimonio de la creación y mandarlo a la fosa es como matar a Dios. No estamos hechos para la guerra, ni este escribiente, ni millares de colombianos. Que esperamos ese día de gracia para nuestro país cuando en lugar de matarnos nos abracemos. Y no estoy pecando de ingenuo ni de cobarde. Pongo los poderes de la vida, entre los que están la dignidad, la libertad, el erotismo y el humor loco, por encima de cualquier consigna de muerte.En los años 60 tuvimos el fantasma de la bomba atómica gravitando sobre nuestras cabezas. Sentimos que caería cuando el lío de Cuba y los barcos rusos. No nos cayó, finalmente. Pero nos cayó la bomba del odio, con una secuela interminable de víctimas.Ya es hora de que soplen vientos de amor.

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