La biblioteca seductora

La biblioteca seductora

Enero 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Desde que -a los 12 años- terminé la primaria en la escuela San Nicolás, tenía ya una biblioteca de unos 33 volúmenes, que era a la vez el asombro de mis compañeros de barrio. “Un hombre no puede leerse en la vida tantos libros, no le alcanzarían ni el tiempo ni las vistas, además de que se perdería la oportunidad de tirar para tener hijos”, aventuró el sabiondo de Víctor Mario Martínez, que era el guapo de la gallada, dando a entender que yo lo que estaba era faroleando. Y me espetó la sentencia que más me ha conmovido: “Lo que es yo, no aprendí a leer para leer libros. A mí que me los envuelvan, pero que no me los vendan”.Tres años después, ya mi precoz biblioteca ocupaba cinco tablas de la cama sostenidas con ladrillos, y mi fiel amigo Luis Alfonso Ramírez proclamaba que me la había leído toda, porque para eso había dejado de practicar la masturbación, el basket y el billar-pool. A él, que presumía de su cociente de inteligencia, ya lo había envenenado con El satiricón, a cambio de que me prestara su rotunda bicicleta Raleigh para ir a visitar en el barrio Salomia a Gloria Sánchez, perspicaz pelinegra a quien trataba de conquistar con empanadas de cambray y Las tribulaciones del estudiante Werther. Como la chica no me hacía caso, tal vez para fomentar mi genio como poeta sufrido, ataqué a su papá –rojaspinillista- con una edición de La técnica del golpe de estado, de Malaparte. Él me lo agradeció mucho pero, en vista de que el parecer de su hija mayor era indoblegable, me ofreció que me embocara por la hija menor, que además era rubia, y se llamaba Florencia, como la ciudad del Dante, a la que regalé, como era del caso, un ejemplar de Vita Nuova, que me devolvió sin abrir. Mientras mi amigo Asbel, que me acompañaba en su bicicleta Philips, se reía de mi desventura.Para que me expidieran sin problema el certificado de aprobación de la escuela elemental y poder acceder al bachillerato en Santa Librada tuve que desprenderme, con el dolor de mis cojones, de A los pies del maestro, un libro sagrado, para el señor Perlaza, director del establecimiento con algo de amadamado.Desde la adolescencia, cuando me fui a vivir con la primera gata que encontrara en los iniciales peldaños hacia el abismo, he cargado con la cruz de mi pesada colección de libros, que se me fueron perdiendo cada vez que tuve que desocupar el establecimiento amoroso. Para evitar que ello siga sucediendo, ahora tengo dos casas. En una vivo con mi mujer y mis dos hijos, y en la otra con mis 4.444 libros, un sommier, un conejo que se llama Playboy y un par de rosas amarillas en el jardín. Ya casi no regalo libros y ni siquiera los presto.Pasados 50 años me reencontré -descendiendo del avión- con una monumental Florencia, procedente de Francia, donde vive desde entonces con uno de mis grandes amigos de adolescencia, ya imaginarán ustedes con quién, con Asbel. Quien, por cierto, nunca me devolvió Mi vida y mis amores, de Harris. Yo regresaba de leer en la Unesco unos poemas que enfrentan el amor otoñal. Venía prendido con los whiskys que me había servido la azafata, a quien de entrada había obsequiado Aeropuerto, de Hailey. Flora se limitó a preguntarme cómo iba mi ‘vida nueva’. Mejor que nunca, le dije, alargándole de regalo el libro que venía leyendo en la nave, Sólo dime dónde lo hacemos, de Mercedes Abad, y exhalando mi último aliento de seductor: Me gustaría tenerte en mi biblioteca.El que no aprende a pedirlo no debe quejarse de que no se lo den. Debió ofenderse al sentirse tratada como un volumen. O agradecida de ir a ocupar un espacio entre todo lo que más amo. Todavía estoy esperando a que me responda.Mientras mi esposa me pita desde el parqueadero del aeródromo.

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