L@s chic@s maton@s

L@s chic@s maton@s

Mayo 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Como según el violentador lenguaje incluyente del feminismo ya no se puede generalizar con el masculino, como lo indican la academia y el sentido común, acudo al incómodo y antiestético expediente del signo arroba para hablar de ellos y ellas, de los chicos y de las chicas.Pero primero hablemos de la historia patria de los mayores. Se ha dicho tantas veces que somos el país más criminal de la Tierra, y se nos han mostrado tan patéticos casos, que con el dolor en el alma vamos a tener que aceptarlo, puesto que ya no nos queda ni siquiera el recurso de resguardarnos detrás del Congo. Se toma como base para el epíteto las diferentes violencias que hemos venido soportando, desde mi nacimiento, precisamente. Más que un país de asesinos diría que somos un país de asesinados, porque cada criminal se anota al menos 20, cuando no centenares y hasta miles de víctimas. Y lo más atroz de los delitos atroces es que la mayor parte se quedaban impunes.En mi infancia de pantalón corto leía en Relator de los genocidios en las veredas, donde familias de campesinos amanecían masacradas, los hombres con el corte de franela o el de corbata, que era el mismo pero con la lengua sacada por el guargüero, las embarazadas con los fetos por fuera, los niños destripados y así mismo los animales. Era la violencia partidista donde los ‘pájaros’ se encargaban de limpiar a Colombia de los enemigos del régimen, y de paso de usurparles sus tierras. Como de todas maneras se asentó la guerrilla, que con el acoso del secuestro, la vacuna y el ‘boleteo’ forzó a los terratenientes y ganaderos y, en general, la clase empresarial a buscar ese remedio -tan peor como la enfermedad- que fueron los paramilitares con sus motosierras.Pero no nos quedemos en la tan resabida como resobada historia patria. La de las fuerzas en conflicto, si es que lo hay, porque hasta hace poco se desconfiaba que lo hubiera, fueron reforzadas por desafueros particulares. Llegó el narcotráfico con sus vendetas. Y los asesinos en serie, sobre todo de niños, el monstruo de los mangones, el monstruo de los Andes y Garavito. Y los adalides de la limpieza social barriendo por parejo con indigentes y travestis. Y los maridos uxoricidas acabando por celos hasta con el nido de la perra, es decir, con sus propios hijos. Y los pretendientes despechados rociando con ácidos las caras de sus pequeñas amadas. Y las estudiantes de universidad encubriendo la muerte al oscuro de un compañero morenito y de origen humilde, con pretensiones. O los tres estudiantes del colegio de Itagüí que ‘matonearon’ a un compañerito por sapo caballeroso, pues divulgó que le habían cascado a una niña.Lo que ya no cabe en ningún tipo de comprensión, ni psicológica ni social, es el caso de las tres niñas de tercero deprimaria del colegio público de Facatativá, de entre 8 y 9 años de edad, que resolvieron envenenar a la profesora que les dictaba todas las materias y les estaba haciendo perder el bimestre, sobre todo por matemáticas. En un vaso de kumis verterían espolvoreadas todas las pastillas y medicamentos de los botiquines de sus casas. Una de ella se arrepintió y contó, mientras las otras en el wáter preparaban la dulce toma. Y al establecimiento llegó en sus patrullas la ley contra el crimen.No creo que por muy atávica que sea nuestra propensión al asesinato ésta se manifieste gratuitamente en tres ángeles de colegio. Habría que entrar a analizar el grado de crueldad a que puede llegar una profesora con sus alumnas para que a estas se les ocurra semejante ‘pilatuna’, como la califica la directora del plantel. Lo malo de este razonamiento es que si se hace extensivo a las otras violencias, resultaría que todas los victimados, por una u otra razón, se lo buscaron. Y eso si no lo aceptaría ningún sociólogo. Y espero que ningún juez.

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