Kat vuelve y juega

Kat vuelve y juega

Febrero 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Sólo quedan los amigos contra el olvido, y el arte que salva aún a los que no tuvieron amigos que los olvidaran. El nadaísmo se ganó el dudoso honor de contar entre sus filas desflecadas con algunos de los artistas más colinos del mundo, los más insolentes, los más imprudentes, y a veces los más incoherentes, entre poetas y pintores, y de verdad podría decirse de Kat que fue la tapa de la olla. Que lo digan quienes le vieron andar a medianoche bajo la lluvia sin protegerse de ella con el acrílico y le ofrecieron $4.000 por el cuadro por el que él pedía $5.000, y que lo exhiben por millones ahora en sus salas o en sus oficinas o en sus galerías, satisfechos de su negocio, o aquellos que escucharon de sus labios profecías imposibles o revelaciones insólitas como el nombre de las entidades que se robaron la energía del apagón de Nueva York, o leyeron las cartas que escribía a los jefes de Estado de los países poderosos para prevenirles sobre la explotación del petróleo que produciría fallas por las caries subterráneas, ocasión de los estremecimientos sísmicos que van a terminar con medio planeta. Y lo peor es que los estadistas le respondían agradeciéndole por sus observaciones y comprometiéndose a tenerlas en cuenta, quién sabe cuándo.Comenzó Enrique Calle a andar con nosotros, en Cali, en 1962, con menos de 20 años, de la mano de su mujer Marlén de 21, a quien permitía que durmiera conmigo de 22, con la condición de que le posara desnuda dos horas todos los días. Era un joven bogotano muy bien vestido, bien peluqueado, de bigote silencioso, hijo de un padre comerciante a quien le metía la mano a la caja, y hacía una pintura nudista, entre académica y modiglianesca, toda azul, y andaba por las calles transportando con la mano en alto sus óleos por lo general de mediano formato, acompañado de su mujer que, aunque fuera vestida en paños mayores, la gente que veía el cuadro portátil le podía conocer sus mayores intimidades, que terminaban por solicitarle en lugar del cuadro.Algún irresponsable le alcanzó un cacho de marihuana y desde la primera chupada ya no tuvo regreso. Vivía siempre al día y con su pinta de atorrante pintó todos cuartos de hora de su vida para pagar el cuarto de hotel, la comida cuando comía y la bebida que siempre bebía y la yerba que se esfumaba. Más los lienzos y las pinturas, cuando no utilizaba las tablas de las camas y las sábanas de los cuartos. Los pintores profesionales lo miraban por lo general como un bicho raro, porque prácticamente regalaba su padecido trabajo en ocasiones asombroso hasta para los críticos más cítricos. Sólo el gran Alejandro Obregón creyó siempre en su talento, llegándolo a considerar lo más parecido a un loco genial como Van Gogh, y le organizó exposiciones, a las que él llegaba borracho con pinturas frescas que exhibía en el andén de afuera de la galería y ofrecía a menosprecio en comparación con los costos de adentro, para consternación y delicia del profeta de las barracudas y de las aves cayendo al mar.Pintó no menos de diez mil paisajes de la isla de San Andrés, mares y nubes, Monserrates, sabanas, callecitas de La Candelaria, bodegones, Bolívares y hasta Cristos más desarrapados que él. No dejó descansar al mundo en los 45 años que le cobró a la vida. Tuvo mujeres más excéntricas que él a quien amaron por concéntrico, sería, y le dieron hijos preciosos, Jorge Enrique, Jankat y Catherine. El primero, el hijo de Marlén, vino de los Estados Unidos para librarlo del vicio y lo condujo a Taganga, donde a falta de aguardiente y marihuana murió en medio de los conmovidos pescadores. Si uno se inclina sobre su tumba, en un cementerio invadido por la maleza, lee una placa que dice: “Hasta aquí llegó Kat, buscando yerba”. Él había dicho señalando sus cuadros subvalorados: “Un día el arte se parecerá a esto”. Y por mi madre que ya se está pareciendo.

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