Jurado en Cuba

Octubre 09, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La vida –y algo del esfuerzo con la palabra, y cierta fidelidad a emociones remotas que aún ardiendo en mi corazón– me ha traído a esta cafetería en la plaza principal de Cienfuegos, donde departo con una niña cubana que escribe incendiarios poemas de amor, tomando un mojito cargado de hielo, que aspiramos con sendas pajuelas. Reproduzco estas páginas de hace tres años, porque siempre es bueno dar fe de las experiencias bellas.La ciudad, patrimonio de la humanidad, no puede ser más hermosa, ni más limpia ni más cordial, como lo es el hotel donde estoy alojado, el Jagua, con su rotundo paisaje marino en arco recortado por el Palacio de Valle, con fondo de sol naranja o de medialuna y de música de bongós. A la chiquilla la conocí anoche en la Uneac, donde este colombiano leyó sus poemas con los otros tres jurados de poesía del Premio Casa de las Américas en su versión 51 (Graciela Aráoz, argentina; José María Memet, chileno, y Marino Wilson Jay, cubano), pues desde el triunfo de la revolución no se ha fallado un solo año en la concesión de los premios. Y los jurados son escogidos con todo rigor –perdonándose lo presente que puede ser la excepción–, entre profesionales excepcionales de las letras y el pensamiento. Me habla de Romeo y Julieta de Zaffirelli y yo de Lolita de Stanley Kubrich. Me dice que la sensualidad en Cuba se comienza a practicar por lo general desde los 14, y que me fije en cuántas niñas de 15 andan ya embarazadas. No son muy afectos los muy jóvenes al condón, y no precisamente por las prohibiciones papales. “Te tengo que confesar que no creo en Dios”, me dice. “¿Entonces en qué crees?”. “Creo que no se debe creer en nada”, responde en frase sofística. Es el momento de comportarme como un predicador panteísta: “No creáis en el Credo. Creed en todo”. Se frunce. No puede creer que le diga eso. Me dispara esta perla. “Me decepcionas, chico. Tendría que creer en USA. Veo que soy más nadaísta que tú”. Y hasta allí llegó mi amor, porque además llega el novio por ella.Cada vez que salgo de viaje lleno la maleta de libros, pero como tenía que leerme 250 provenientes de 15 países para fallar en 8 días, no eché más que El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana, de Ana Carrigan, y heme aquí, sentado ante la inmensidad en la arena blanca con la hipotética compañía del señor de los cielos y los mares porque parece que por la tierra anda el otro, leyendo desde cuando a un puñado de orates armados hasta las tetas –el brazo armado de Sibaté, dijo Roca, por lo menos en ese tiro– les dio por tomarse el Palacio de Justicia, para enjuiciar ante los magistrados de la corte el gobierno de Belisario. No contaban con que habría otros más locos que ellos, los militares, quienes para salvar la democracia, maestro, entraron a cañonazo sucio reventando las puertas de bronce con sus tanquetas y propiciando el holocausto de la justicia de café con leche y los buñuelitos de los empleados de la cafetería. Y exterminando el último contingente de quienes los habían ridiculizado con el robo de armas del Cantón norte, la espada de Bolívar y la toma de la embajada. De vez en cuando alguno de los jurados se llega hasta mí a ofrecerme algo de tomar y al verme con lágrimas en los ojos se retira pensando que vivo alguna pena de amor. Y nada de eso. Debe ser el humo del libro o sus gases lacrimógenos lo que impresiona mis óculos. Paranoico, pienso que yo también voy a matar la esperanza de 249 concursantes, que con sus poemarios aventuraron el ganarse unos dólares y sobre todo el prestigio del premio Casa, que seguramente les significaría publicaciones, renombre, entrevistas, homenajes, viajes y demás gajes. Pero el ganador será sólo uno. ¿Y qué tal que hubiera concursado y esta noche resultara ganadora la niña poeta que me dejó por el novio? Martí es muy grande.

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