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Noviembre 29, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cada día son más los romances que se forjan a través del Internet, por lo que podría denominársele el aparato del amor, si no fuera porque cada día son más las parejas que se separan cuando uno de los amantes intercepta el correo del otro, por lo que podría llamársele, igual, el instrumento del desamor. Este sofisticado cacharro se ha convertido en la herramienta del solitario y del solidario. El que no tiene mejor quehacer se refugia en la caja mágica a la caza de aventuras virtuales con vecinos remotos, poniéndole a la vida común un distractor diferente del juego solitario, mientras otros utilizan el gran poder de comunicación y de arrastre del sistema para hacer masivas campañas humanitarias o reclamos políticos y sociales. Aparte de las empatías pasionales que puede despertar en seres antípodas y conducir a celebradas coyundas, miríadas de contactos por correo electrónico suelen ser relámpagos, inocentes e inocuos, y se prestan para que el que nunca dijo algo amable lo exprese, y el que nunca recibió un cumplido lo guarde con gratitud. Estos humildes intercambios de cortesías arriesgan convertirse en pruebas aplastantes de infidelidad para el cónyuge detective y en sentencia condenatoria para el picaflor cibernético. En una época fue delito –tal vez aún lo sea-, violar la correspondencia o interceptarla. Interferir teléfonos no se le permitía a la autoridad, ni siquiera a la competente. Chuzar o fisgonear el correo electrónico impone pena, y cuando menos vergüenza. Cuántos secretos se arruinan, cuántos negocios, cuántas chivas, cuántos proyectos. El que es descubierto se jode, mediante una violación al código penal por parte del descubridor. Pero nadie va a desear la cárcel para su pareja. Y así muera el amor, ¡que viva la impunidad!Como ya casi nadie escribe cartas de amor, la esquela electrónica ha ocupado su puesto, con la diferencia de que es más efectiva por el procedimiento que por la inspiración. El medio vuelve a ser el mensaje y el masaje. Es mucho más seductor el ramplón chateo que el más florido carretazo de cuerpo presente. Hoy existen donjuanes y casanovas del ciberespacio que dejan muy atrás las proezas de sus antecedentes literarios y terrenales. Por eso, cuando una mujer quiere salir de su esposo por presunta infidelidad, no es necesario que contrate investigador privado, ni le busque condones en los zapatos, ni soborne a su secretaria, ni compulse los gastos de su tarjeta, ni revise la guía de su celular. Le basta con abrir el computador y tener la paciencia de ensayar las palabras del lexicón de su marido en busca de la clave secreta. Por lo general acierta al tercer intento. Para darse de bruces con un harem de chatas.A un amigo buenazo, su irritada mujer -buscando una motivación para armarle bronca porque suponía que andaba de franca farra- le allanó el archivo electrónico y se encontró con los chillidos de algunas desocupadas desconocidas, ofreciéndose. Eso le bastó para ponerle un ojo en salmuera y para retirarle los servicios. Y a cada una de las expectantes huríes le disparó su rapapolvo. Sabido es que doña Matilde, la mujer de Neruda y tan experta musa, estaba atenta a este tipo de pécoras, y cuando le adelantaban al bardo sus cuadernos para que consignara el precioso autógrafo con tinta verde, ella se los arrebataba y los estrellaba contra el piso, para bochorno del autor de ‘Una canción desesperada’. Es de prever que a este paso la fogosa Yoko Ono, otra salvadora, habría impedido la muerte de su esposo el genial John Lennon -como ya lo había redimido de sus pesados amigotes liverputienses- si en lugar de venir contando plata hubiera estado atenta al llegar a la puerta del edificio Dakota, donde David Chapman lo esperaba para estirarle una libreta de autógrafos con una pistola debajo. Con seguridad que el muerto habría sido otro.

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