Infiernos artificiales

Abril 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Continúo desencriptando textos escritos en los 60, borradores que me traje de Cali en una caja de cartón a la capital en 1970, y que me han dado material para varios libros y varios premios. A quienes se mortifican con mis evocaciones, les solicito que no las lean. Este capitulillo hace parte de La casa de las agujas.Paralelo con la arrechera, como llamamos en Cali al recalentamiento carnal, le he ido tomando el gusto al alcohol, sin importar la cantidad, la estampilla ni la etiqueta del frasco. Espirituosamente he creado nexo con energúmenos que pensaban peor que yo, y así, entre ebrio y jubiloso, entré en el juego de las complicidades a largo plazo. Con la ingesta del etanol se me soltó el don de la lengua y me dediqué a improvisar sermones panfletarios en las cantinas. Porque los efectos de alteración del comportamiento producidos por las bebidas alcohólicas que nos legaron los sumerios desde hace cinco mil años y la destilación de las fermentadas que desde hace mil cuatrocientos impulsaron los árabes mediante herencias alquímicas, no se iban a perder conmigo. Si París era una fiesta yo me convertí en un carnaval en zigzag. Nadie puede acusarme de borracho perdido, pues me he perdido más veces en sano juicio. El día que me hicieron perder el cuarto elemental, por ejemplo, casi me mato. Mi mamá siempre me puso alcohol donde me dolía, cuando me machucaba el dedo de un martillazo, cuando me raspaba codos y rodillas, cuando me dolía la cabeza. Ahora lo consumo como elíxir que me permite cantarle la tabla al mundo, ya vaya por las fases de euforia y excitación, por la hipnótica e irritable, por la anestésica o de estupor, de incoherencia dadaísta, iracundia inglesa o animalidad colombiana, pérdida de la voluntad e inconstancia de esfínteres, y finalmente cuando caigo en plancha sobre el cuerpo de mi adorada. Las pastillas de benzedrina que empleaba para estar despierto preparando los exámenes finales en el colegio ahora me sirven para ser el agresivo puñetero o puñaletero en los bares de putañeros, donde para precaverse de la mala muerte hay que jugar a ser de la misma ralea. Estoy experimentando traspasar las fronteras de la realidad permitidas por la Constitución a través de los hongos alucinantes emponzoñados de psilocibina. Asomarse a esos lugares abisales es más peligroso que la misma droga, que es un bagazo. Pero qué hacer, si quiero llegar a ver más allá del más allá permitido. Para poder contar que detrás del mundo donde vivimos hay realidades encantadas más reales que las que pintan en el catálogo. Una exquisita señora burguesa que me lleva la cuerda quiere que tengamos una experiencia con el yagé, para desdoblarnos y vernos cómo somos vistos desde afuera, y yo, ni corto ni perezoso, hago llamar a un taita a Mocoa para que venga presto con las cantinas. Se alborota el avispero de amigas que acuden a libar la cocción del bejuco, y el taita aprovecha para sacarles el diablo del cuerpo masajeándoles los senos con la mermelada sagrada salpicada con dos o tres salivazos. Se que no voy a llegar a viejo, ni siquiera a llegar, ni siquiera voy. Pero se va más lejos en el sueño y con la mirada perdida. La existencia se me presenta como una agenda para llenar con absurdos y con tragedias. La náusea de Sartre se me cae de las manos. En Biafra mueren de hambre cientos de niños. El fantasma de la bomba atómica está en el aire. Y yo enzarzado en Impresiones en África, de Raymond Roussell, y, del abate Prèvost, en Manon Lescaut. Para desentrañar las palabras y las pasiones.Por haber renunciado de antemano al destino se me han ido borrando las líneas de las dos palmas. Y si sigo negando el principio de identidad las huellas digitales también se irán. Al fin de la partida espero haber sacado algo en claro.

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