Houston - New York

Houston - New York

Octubre 25, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se dice de los poetas, que se pelean entre sí, como los demás artistas, bailarines, pintores, músicos, y como los profesionales en diferentes ramas y como los seres humanos sin profesión definida. Y que en ocasiones llegan a la física garrotera. Ello en virtud de comprensibles aunque no deseables diferencias estéticas, políticas, conductuales, no pocas veces envidias o resentimientos. Pero también hay que destacar que desde hace decenas de años se han implementado en el mundo, de la ceca a la meca, desde Paflagonia a la Patagonia, de Granada Nicaragua a Granada España, de Struga Macedonia a Medellín Colombia, festivales y encuentros de poesía que son simposios de sabios en el arte de vivir la vida y asumir los riesgos de la palabra. Se reencuentran en ellos poetas que se aman pero que hacía años no se veían, o que se admiraban pero nunca habían coincidido, o de quien no se tenía noticia pero que terminaba por ser un alter ego. A veces se trenzan romances que se vuelven esporádicamente eternales. Siempre celebrando el encuentro solidario de diferentes países, pendientes de la paz y del esplendor cultural en cada uno de ellos.En los últimos tiempos me había tocado situarme como invitado a manteles líricos en Venezuela, México, Cuba, Nicaragua, Perú, Francia y China. En ellos, predicando y anunciando la paz que se presentaba providencial para mi país, después de 52 años de guerra, y emocionaba hasta las lágrimas sentir los cálidos aplausos de esos países que han enfrentado tantos acosos bélicos y el abrazo de los parnasianos. Si los poetas no hacen la paz, por lo menos la cantan, y ese canto es de júbilo por el mayor bien de la humanidad instaurado por fin en casa.Pero en los últimos diez días, invitado por Elizabeth Quila de la Universidad de Houston y Miguel Ángel Zapata de la de Nueva York y del Instituto Cervantes, acompañado por Federico Díaz-Granados, tuve que llegar con el rabo entre las piernas y con las palabras enrabonadas, a contar, en medio de los poemas de rigor, que la paz de Colombia se iba a demorar un poquito, de pronto mucho, y quizás definitivamente se iba a putiar. Me consolaron en Houston los abrazos solidarios de Leopoldo Castilla, de Argentina, Javier Oquendo y Margarita Laso de Ecuador, Jorge Galán de El Salvador, Ron Leshen de Israel, Ana Clavel de México, Luis García Montero, Javier Bozalongo y Fernando Valverde de España y Robin Davidson, de Venezuela. Y en Nueva York de Francoise Roy de Canadá, Jeannette Clariond, de México, Madeline Millán de Puerto Rico, de Yusef Komunyakaa de USA y todo el plantel de la Universidad y del Instituto.Todo el mundo tenía una teoría acerca de la pérdida del Sí en el plebiscito colombiano, y todos se solazaban con el Nobel como premio de consolación al señor Presidente, como al cantante Bob Dylan. Pero cada uno de los amigos, sobre todo los que son de o viven en USA, tiene la misma seguridad de que allá no les va a pasar lo mismo con el candidato republicano. Porque sería un acabose el triunfo de Trump. Todo puede suceder en la dimensión desconocida, como le dijo mi abuela al médium del barrio.Coletilla: A propósito de lo que es la violencia colombiana, no sólo en la política sino en el deporte, tenemos el caso aberrante de la joven y bella futbolista Nicole Regnier, integrante de la Selección Colombia a la que representó dignamente en los Olímpicos de Río, y que fue adquirida recientemente por el América de Cali, quien ha sido amenazada por las redes sociales con subidos improperios, por el hecho de existir una foto de su primera juventud luciendo una camiseta del Deportivo Cali. Está bien que las barras sean bravas, pero no estúpidas. Eso a ningún caleño le queda bien.

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