Hoteles y poetas (2)

Febrero 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

El primer hotel donde tuve suite fue el San Francisco, de Bogotá, regentado por ‘el negro’ Manuel Corrales. Él me permitió, a cambio de que en sus prestigiosos baños turcos dictara una conferencia titulada El nadaísmo a todo vapor, vivir a pierna suelta por varios meses. Lo que quiere decir que no soltaba pierna mientras no saltaba a la otra. Podía disponer a discreción de la carta de carnes cada seis horas. Tenía incluso carta blanca para brindarles brandy a los periodistas, a cambio de que en sus informes políticos mencionaran el sitio. Pasado un año volví ya no solo sino con Elmo Valencia, a escribir El libro rojo de Rojas, panfleto para denunciar el fraude electoral que le hicieron al pobre cumbambón del general Rojas -a quien en su momento habíamos colaborado a tumbar la burguesía de La Tertulia y los estudiantes del Santa Librada College- luego de que la misma Corte Suprema de Justicia lo había liberado del sambenito de ‘indigno’ que años antes le había propinado el Senado de la República, y ahora resultaba el presidente por mandato popular de la mayoría de los colombianos. Como le robaron las elecciones, a espaldas del presidente Lleras con quien se inauguraron los términos de esta nefasta disculpa, miren lo que nos siguió sucediendo. Y eso que el M-19 devolvió la espada de Bolívar a su vaina, que era otra vaina, y se devolvió a hacer el juego democrático después de haber sacrificado a lo más desaforado de su militancia. Era una maravilla el tal hotel San Francisco. Para evitar la resonancia de la máquina de escribir Hermes Baby, le poníamos la consabida toalla doblada y hágale mijito a conspirar contra el mundo hasta que el sol empiece a quemar desde Monserrate. Así escribimos El libro rojo de Rojas, y en el hall del hotel recibíamos a todos los conspiradores que llegaban a invitarnos para el monte, cuando monte era lo que teníamos en las gavetas de nuestras mesas de noche. Pero después le hacíamos un campito a las chicas hippies que llegaban de la 60, y dejábamos por un rato de hacer la guerra para hacer el amor con las ventanas bien cerradas para que no se sospechara el tierno consumo de la cannabis. Pero como no hay bien que dure diez meses ni anfitrión que lo resista, volvimos a la calle y yo por mi parte tuve que acudir al ancianato de las Luisas de Marillac -entidad regentada por monjitas que hace poco vi en el Inter organizar un desfile de modas con unas modelos en culifaldas, para que se vea que no sólo el nadaísmo salió de la miseria ni de sus modestas dotaciones-, y allí diplomáticamente pedí asilo entre las ancianas con el pretexto de que quería hacerles una entrevista piadosa para la prensa -la hice y publiqué como El nadaísmo llega a vieja-. Lo que quería era sentirme rodeado de viejorras por todas partes; ésa había sido la máxima aspiración de mi vida: “Yo quisiera tener un harem / aunque fuera uno solo / aunque fuera de una sola mujer / de un solo ojo en la frente”.En los hoteles colombianos donde nos alojamos en cada ciudad mientras adelantábamos la prédica de nuestro santo y loco movimiento nadaísta, nos trataron de acuerdo con la largueza de nuestros paganinis. Por lo general políticos sin recursos, pero ansiosos de prestigiarse con nos, los profetas de la nueva oscuridad sin tarifas. Allí nos reuníamos con las generaciones de muchachos que íbamos pervirtiendo con nuestras malsanas prédicas, que le íbamos ganando a la santa madre iglesia y a sus familias, a la sociedad anónima y a la milicia y a la política y también a la guerrilla y otros grupos armados con nuestros pacíficos puchos de marihuana. Y se si asoman a la calle verán que son los únicos muchachos de entonces que sobreviven.

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