Gabo y yo

Gabo y yo

Mayo 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando tenía 13 años me precipité del palo mayor del parque de San Nicolás, al que me había subido a rescatar el gato de Olga García, la mujer de mis sueños húmedos, también de 13, quien vivía en el penthouse del edificio del Sindicato Ferroviario del Pacífico, en la Cali de mis primeros pesares. Logré atrapar al felino, por lo que me gané su primer y único beso, pero del golpe en el coco no me repongo. Y así lleve 50 años martillando las teclas, son muy frágiles los triunfos acumulados. Uno es el que ustedes me estén leyendo. Pero si me sueltan vuelvo a caerme.Aunque no era tan grave por cuanto hasta entonces nada memorable había hecho, perdí la memoria en un 80%, el respeto por la naturaleza, el equilibrio al borde de un abismo o de un puente, el discernimiento entre fealdad y belleza, la capacidad de concentración, el don de la malicia y el poder de convicción con el sexo opuesto. Mis facultades mentales se redujeron a elementales. A pesar de tantas limitaciones, ensayé presentarme ante el mundo como poeta.  Para ello mi padre me confeccionó un traje de fino lino, me regaló una corbata Beau Brummel y me puso frente a un libro de Campoamor. Me sentaba a escribir en su máquina de coser y los versos me resultaban bien cortados y bien hilados. Pero como no eran mi fuerte ni mi tema el amor ni el campo, nunca pude cultivar y menos cosechar un lector. Amén de la poesía, que era un antifaz pretencioso, me orienté, por la filosofía, a la sofística. “Todos los poetas son santos. Yo soy un santo. Luego no necesito ser un poeta”. “A duras penas pienso, luego a duras penas existo”. Para acabar de sofisticarme me apunté a la expresión periodística. En la que nadie me apostaba un centavo cuando empecé, y ni siquiera ahora con el repunte del dólar. En vez de redondear una noticia terminaba enunciando un principio, tipo “la culpa de todo la tuvo la cebolla”. Te veo mal, terminó por decirme mi padre cuando expiraba. En reciente homenaje que me hicieron los papas del Festival Internacional de Poesía de Medellín, dijeron que la poesía tenía que ser muy grande para que Jotamario cupiera en ella. Ante tan remota carga de elogio, sentí que se me invisibilizaba el traje del emperador de la poesía que tan bien sentía que lucía, y que quedaba en las puras bolas. Menos mal que no requerí del esquivo centavo extraído a la poesía, porque me empeñé como genio de la palabra en la  arcadia publicitaria. Al ingresar, por haberme ganado ya ni sé cómo un caudaloso premio de poesía de oveja negra, me dijeron que había traicionado la causa y que ya no podría decir como Gabo que nunca había ganado un centavo que no fuera con la máquina de escribir. ¿Y es que acaso yo hago los eslóganes con el c..? Fue lo único que atiné a responder a mis acosadores gratuitos.En el Anca 19, por los 80, el poeta Mario Rivero me advirtió con sus ojeras: “Convenzámonos, Jotica, que ya no fuimos Joyce, ni Pound, ni Eliot, y ni siquiera Gabito”. Ahora que García Márquez alcanzó una apoteosis apenas comparable a los funerales de la mamá grande, mis hijos se me quedan mirando como diciendo ¿y tú qué? También durante medio siglo de escritor público así sea privado de genio, me he sentado a las teclas por los menos seis horas diarias y con los mismos dos dedos de Gabo. Para nada, como lo asumí desde siempre. Hallo la diferencia en que mientras Gabo piensa en hacer feliz al lector, yo no paro de pensar en hacerme feliz a mí mismo. O sea, que lo que en él es amor puro en mí es pura paja. La otra diferencia es que Gabo nunca sufrió en el occipital semejante porrazo. Antes mucha gracia. Eso hizo que también fuera perdiendo el cabello hasta llegar a un pelo de calvo. Pero, si no del fracaso literario, por lo menos del capilar estoy en franca recuperación, gracias al dermatólogo René Rodríguez. ¿Recobraré también la inteligencia perdida con menos dedos de frente? Confío en que la madre Laura me haga el milagro.

VER COMENTARIOS
Columnistas