Fe de ratas

Julio 01, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Los nadaístas teníamos una fe de ratas. Y no porque militaran en las filas rapaces, incorporados en el foco de Medellín, el más radical en nuestra encantada barbarie, cuya biblia de cabecera era el Diario del ladrón de Genet. Ni dinamiteros feroces con la palabra y aun con el gesto. Era porque no creíamos en nada, ni siquiera en nosotros ni en ninguno de los dioses habidos o por haber. Veníamos a hacer tabla rasa, con nuestra paciencia de jugadores de ajedrez pasionales. A todo le aplicábamos la duda metódica, aprendida de Renato Descartes en un libro que recuperó Dariolemos de la Librería Buchholtz. Con la diferencia de que en nuestro discurso íbamos más allá, pues ni siguiera el cogitar nos daba certificación de existencia. Desconfiábamos de cualquier queso mal puesto porque todo queso tiene su trampa, como el pensar, intuíamos. Había que dejarse llevar más bien por la experiencia de los sentidos, en el mejor sentido de la palabra como era en los placeres prohibidos, entre ellos el sexo descoñetado y los actos subversivos o delincuenciales. ¿Qué otra cosa nos era dado hacer, sentir o cantar, con semejante juventud a cuestas y en semejante época, en nada semejante a ninguna otra? Qué buen ladrón era Dariolemos, pero no en el sentido de Dimas, el del Calvario, sino en virtud de sus gestas de latrocinio. Él quería llegar a ser el caco más famoso y cotizado del mundo, sin que se diera cuenta la policía. Tampoco es que aspirara a emular a Salvatore Giuliano, el ladrón de Sicilia, ni al Robin Hood medieval, que asaltaban a los ricos para ayudar a los pobres, no, Dariolemos robaba incluso a los pobres para posar de rico unas horas, invitando a todos, incluso a quienes aún no se habían dado cuenta de que les había desocupado el departamento. Robó todos los días de su vida, y cuando no tenía a quien robar, ni siquiera a un amigo, se robaba a sí mismo. Se sacaba un billete de un bolsillo y lo tiraba en el sifón del otro. Los demás nadaístas, sobre todo los de Cali que éramos menos fanáticos y para nada existencialistas por insistencia en el dadaísmo y el rock and roll, nos limitábamos a cantar la conductas antisociales, como las de nuestro héroe de Jericó, más las andanzas de esos muchachos que en el monte se jugaban el pellejo en el rebusque de la revolución, que sacara de pobres a los más pobres con la repartición de la riqueza de los más ricos. Utopía como todas las causas pías. La revolución se enredó en los mismos pantalones de sus gestores. Pero para que no quedaran colgados de la brocha, la virgen se les apareció a los muchachos en la manigua con el ramo de flores del narcotráfico, que los llenó de dólares la mochila y los arsenales de pólvora de diseño. Ahora que los nadaístas, más que setentones, estamos apoyando las gestiones de paz que adelanta el gobierno con la guerrilla, como dejamos claro en el manifiesto A la mierda con la guerra , es justo dejar por sentado, ya que en pocas cosas nos hemos visto obligados a fedeerratearnos, que nuestros cantos en loor de los alzados en armas y hoy en embarques y secuestros y ataques terroristas bien pueden darse por caducados, quemados y con vergüenza echados en el olvido. La paz, como el amor, no se hace sola. Estamos poniendo nuestra parte.

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