Este pueblo

Este pueblo

Julio 07, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Desocupado lector: solicito tu tolerancia con algunos de los términos empleados de este escrito. Recuerda que El Quijote estuvo en el Índice. Y que el título fue el original de García Márquez para La mala hora. En este pueblo de mierda -porque de qué otra forma podría llamársele- vivió hasta hace poco un joven descocado por el consumo de basuco, bluyines apretados, chaqueta negra, manopla niquelada, camisa abierta exhibiendo su pechera peluda y cadena de oro con una medalla de la virgen del Carmen, que en algo le recordaba este nidal de víboras.Se pegaba nuestro amigo unas trabas del demonio, que lo ponían a ver policías acechándole en unos simples hidrantes de las esquinas, y los embestía con su moto. El aparato quedaba echando chispas y el pueblo sin agua.Algo de conciencia que le quedaba le decía que parte de su vida debería dedicarla a la defensa del bien común, y como le había sucedido de saber que había secuestrados por todas partes, él haría bien en incorporarse en algún grupo de esos que contrataban los ganaderos para protegerse. Los paramilitares. ¡Yeah!Con este pensamiento sacó su moto del taller, una Yamaha briosa, la limpió, la aceitó, la llenó de gallos y la bautizó Doña Bárbara. Después buscó a un parrillero que le acompañara en son de andareguear por Antioquia y lo encontró holgazaneando bajo el ceibo del parque. Era obeso, bajito, de ojos caídos y con un tic nervioso en la comisura derecha cada vez que decía una palabra de más. Tenía cara de no matar una mosca. Casi no tuvo que decirle nada para tenerlo atrás, le dijo que lo consideraría su escudero, y arrancaron. En cuanta a la dama, ¡qué dama ni qué pan caliente! La que quería más que a sus Raiban era una peliteñida enfermera de la cruz roja atacada de disnea, que mientras prestaba el servicio de aplicación de vacunas en la zona de tolerancia se había decidido por la vida prostibularia. Allí la había conocido en la época de su primera gonorrea y por eso se abstuvo hasta de sacarla a bailar. Pero no se la quitaba del pensamiento. Su propósito era salir y hacerse a unos pesos para regresar por ella, sacarle pieza y ponerla a vivir juiciosa. Corrían pues por la carretera como almas llevadas por el demonio del mediodía a quién sabe dónde, cuando vieron en un retén a unos uniformados con zapatos de caucho deteniendo carros y enfilaron contra ellos llevándoselos por delante, y a pesar de que fueron a caer a una zanja adoloridos y zurumbáticos, y hubieran podido ser fácil presa de los bandidos, vieron que estos corrían espesura adentro como si hubieran visto al mismo Mirús. Ha leído -porque se la prestaron- la novela La virgen de los sicarios y quiere llegar a Medellín a encontrarse con su autor y a seducirlo de la mejor manera -moviéndole el rabo- con el fin de lograr que lo invite a ese cuarto de una residencia cercana de El Poblado -donde suele llevar a sus levantes a fumar bareta- y allí cebarse en él pasándole la moto catorce veces por el cuerpo en el pavimento como expiación por haber puesto en las sábanas de los cines del mundo -con la película de Barbet Schroeder- la especie de que los sicarios son una parranda de muchachitos paisas maricuecas y que cualquier cacorro venido del extranjero se los puede ir merendando así como así. En otras palabras, que el sicariato es el brazo armado de la mariconería. Él no es de esos. Primero muerto que bombardeado. Lo mismo le pasó -con un muchacho como él- al sodomita de Passolini, quien fue refregado contra el piso con las llantas de un carro catorce veces, después de esa burla erótica exacerbada del fascismo que es su película Saló, parodia de Sade.Con lo que logre extraerle de dinero al pujante escritor antes y después, le comprará una metra a su escudero y ábranse vacas que la vida es corta.

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