Errar es humano

Errar es humano

Agosto 10, 2010 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En esto del periodismo -y más cuando el escritor es pontífice- no vale la pena darse golpes de pecho por las erratas, ni por las garrafales siquiera, ni excusarse por ellas, porque con el trago amargo de la vergüenza que se pasa ya es suficiente.Yo tenía una amiga estupenda, que llegó a ser periodista de talla, antes de que me la arrollara la vida. Alegre Levy. Empezó en Cali haciendo notas culturales para Occidente. Cuando comentó el libro Ciudadela, de Saint Exúpery, el autor de El Principito, se tomó la libertad de recomendar toda la obra ‘de este importante santo de nuestro tiempo’.El profesor Panglos, uno de los célebres catedráticos que informaban, hablando del surrealismo en una de sus sapientes columnas se refirió a ‘un poema insignia, Libertad, escrito por Louis Aragón’. Hasta allí me llegó la veneración por el sabelotodo. Yo sabía que Aragón había editado el libro Libertinaje, que él confundía. Pues con toda seguridad que quería aludir al famoso poema de Paul Éluard que comienza: “En mi cuaderno escolar / en mi pupitre y los árboles / en la arena y en la nieve / escribo tu nombre”.Cuando heredé su espacio en los diarios, pensé que nunca me iba a pasar. Estoy armado de paciencia como buen pacifista. Leo tres veces lo que escribo antes de mandarlo. Y miren por las que he pasado. Una vez me referí al Discurso del método, de Erasmo. Antes no me descartaron en el periódico. Otra vez exalté el Gran Sertón Veredas, como de Lezama Lima. ¡Qué oso con Guimaraes! Y hace poco proclamé que uno de mis escritores favoritos era Tristam Shandy, cuando quién no sabe que es el personaje de Sterne. Me sacaron en cara estas pifias y monté en cólera. Ello me dio la posibilidad de encontrar 20 perlas por el estilo, en El mundo según García Márquez, que divulgué con todo respeto por la papisa Piedad Bonnet, su compiladora. Con razón que nunca me he ganado el Premio Nacional de Periodismo.Pero tengo un amigo que sí se lo ha ganado dos o tres veces, porque nunca se equivoca, Collazos Óscar. Pugilista verbal que acabó con el mito de Cortázar y de paso con el de la revolución. Como todo buen escritor, trabaja con sus dos plumas. Sus escritos parecen editoriales de Combat o de Les Temps Modernes. Domina todos los temas, como domina la expresión, el francés y a sus enemigos. Un buen día, sin embargo, al meter la cucharada en el tema del premio Nobel metió la pata, como en su oportunidad se lo hice notar cariñosamente. Con entonado acento, expresó:“¿Un colombiano? Mejor no repetir la ridiculez de Fernando González, poeta colombiano, ya fallecido, que residió en México, a quien sus amigos candidatizaban para el Nobel, muchos años antes de que lo ganara Gabo.”Fernando González -que más que poeta era un filósofo en alpargatas, abuelo del nadaísmo para más señas-, nunca vivió en México. Sí fue postulado al Nobel, pero no por cualquier perico, sino por un comité de escritores encabezados por Jean Paul Sartre y Thornton Wilder, quienes buscaron el aval en Colombia de la Academia de la Lengua, y el padre Félix de Restrepo los mandó a freír espárragos por andar recomendando a un brujo y les recomendó que postularan en cambio a Menéndez Pidal. Ánima bendita.Otro novelista con síndrome de papiso, Santiago Gamboa, reclama el Nobel para el renegado de Fernando Vallejo, viviente en México, quien es el discípulo de mostrar de González. Quien los entiende. De quien Collazos quería rajar era del poeta Germán Pardo García, ese sí eterno autopostulante del premio. Avalado, según Rogelio Echavarría, por Hernando Santos Castillo. Espero que por este dislate no le pase cuenta de cobro a nuestro escritor la Fundación Nobel.

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