Enmerdar la plana

Noviembre 17, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Guardo por Julio César Londoño un aprecio que desborda la admiración, tanto por el manejo de su pluma sobre la plana literaria y la periodística, como por la gala informática que maneja, el aire de elegancia que casi siempre ventila y el coraje que a veces reviste para plantear opiniones agresivas y/o burlescas en contra de lo establecido por la corriente. Lo que, a cambio de cachetadas, le ha valido incluso el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, al disparar disparatando contra ese icono de la poesía como fue y seguirá siendo nuestro Álvaro Mutis. Bueno, igual presea había merecido años atrás Eduardo Escobar por su diatriba en contra de Borges como “banco de datos elegantes, selectos. Opio rebajado… ideas deshechizadas” e “idiota eminente”, palabras textuales. Ya los jurados de los concursos, que antes no nos podían ver ni bañados, se volvieron más nadaístas que el actual Papa, que por algo, no sólo es argentino sino que se llama J. Mario, Bergoglio. Hace unos días me cayó en las manos La plana rectifica, un escrito que me hizo soltar el periódico como si estuviera impreso, en vez de con tinta de imprenta, con heces de hiena. No lo podía creer que fuera del bueno de Julio César. Era aparentemente una confesión de embarradas previas que pretendía limpiar con toallitas húmedas. Y resultó terminando de enmierdar la plana en una fallida humorada sin la mínima pizca de humor ni de estilo ni de maneras. Recordó a las personas que habría agredido injustamente desde sus columnas, comenzando por los directores de información y de opinión del periódico, a quienes despacha ratificándose en sus críticas. A lo que ellos, antes y ahora, le han correspondido con una actitud “obsecuente”.Pero a renglón seguido se despacha contra otros personajes de El País, respetables mientras no se compruebe lo contrario, entre ellos el compañero columnista Medardo Arias, con quien se puede tener diferencias posicionales, a quien define como “gordo, alto, negro, conservador, anglófilo, pobre y facho”, aduciendo que cada uno de esos defectos sería pasable, pero no todos juntos. El descache es cerrero. Tiró a matar. Sin pensar que ese tipo balacera expresiva afecta menos a la víctima que al victimario. A continuación confiesa que ha hecho chistes “con la divinidad irascible de Jehová”. En esa pelea de tú a tú no me meto porque para eso Jehová tiene sus propios rayos. Como los tienen Mario Fernando Prado, de azufre, y Óscar López, de seda, a quienes acusa de frivolidad por asistir a cocteles “a tomar vino de caja”. Lo que si fue la tapa de la olla fue la agresión al escritor Fabio Martínez, con quien la tiene cazada de vieja data, y al que ahora señala de mendigar en el metro de París y acusa de haber trompeado a una señora en Canadá, por lo que habría dado en la cárcel. Entiendo que Fabio, escritor, periodista y catedrático de primera línea, estuvo en París estudiando en la Sorbona hasta graduarse honrosamente, y tal vez le tocó entonar la dulzaina en el metro como lo hacen estudiantes de todo el mundo. En cuanto a los golpes a la señora prima de Ana Milena Puerta, que no sé por qué viene al caso, si no es falso, como se dice, considero que no es objeto de una columna de prensa tan asquienta sapeada, ante la que lo esperan los tribunales.Mientras Julio César Londoño no se disculpe de veras ante los ofendidos —entre quienes me incluyo como lector y como amigo de todos ellos—, ante los lectores y ante el propio periódico, puede contar, le importe o no le importe, con el retiro de mi franca amistad solidaria. Lo que me duele, en estas épocas del perdón, y cuando lo que habría que hacer es cesar las broncas, las rivalidades, los celos, y entregarnos de lleno a construir el país que soñamos, y que está ad portas.

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