En tiempos de La Violencia

Junio 28, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Esa tarde, cuando nos soltaron un poco más temprano de la escuela San Nicolás, no hubo peleas a la vuelta de la iglesia, en cumplimiento de la ritual y diaria amenaza de ‘a la salida nos vemos’. Solían ser motivos de bronca el que le tocaran a uno la cara, le molestaran a la hermana, se burlaran de la peluqueada, pero sobre todo la disparidad de criterios.El director, don Ramón Perlaza, pálido y sudoroso, nos había reunido a los quinientos alumnos del plantel en el patio, para decirnos a la sombra de la bandera que debíamos irnos directamente a las casas, sin quedarnos a merodear por el barrio, pues en el departamento del Valle había sucedido una desgracia espantosa. Que nuestros padres nos dirían de qué se trataba, pues en la radio molían la noticia. Que se había implantado la ley seca y esta noche sonaría el toque de queda.Vitatutas aventuró que habría muerto el obispo. Víctor Mario fue de la opinión que se habría descarrilado el autoferro. Ramiro propuso que pasáramos por donde la mamá del negro Mañosca, que por ser una curtida dirigente política debería estar enterada no sólo del suceso, sino de los pormenores. En efecto, nos dijo que había ocurrido una matanza de campesinos en Restrepo, en el norte del Valle y que los 16 cadáveres habían sido traídos y estaban acostados desnudos en el suelo de la Central Provivienda, a la vuelta de mi casa por la 21, y hacia allá dirigimos entonces presurosos nuestros cuatro pares de pasos.Cuchicheaban las gentes del barrio paseando sus vistas de los rostros desencajados a los sexos de las víctimas. Contamos mentalmente once vergas y cinco cucas, de edades entre los 20 y los 40, con las uñas llenas de tierra. El cura de la iglesia se paseaba entre ellos hurtándoles la mirada y asperjándolos con el hisopo de agua bendita y recitando latines. El maestro Alfonso Barberena, que era un líder popular muy querido, se secaba los ojos con el pañuelo y les pedía a los vecinos que por favor suspendieran ese morbo con la muerte y que se fueran para sus casas, que era pavoroso el espectáculo de los vivos sobre los pobres muertos, y que peor si esperaban a que sonara el toque de queda porque entonces se tenían que quedar a dormir con ellos. Eran muertos a bala. ¿Quiénes eran las víctimas y quiénes podrían haber sido los asesinos? A todas luces que eran campesinos y respecto de sus victimarios yo dije lo que debería haber dicho mi tío Picuenigua de estar presente: eso fueron los chulavitas. También pueden haber sido los bandoleros, me corrigió Víctor Mario, tirándoselas de sociólogo. Quedaba así planteado que los autores de la mortandad provendrían de las huestes conservadoras de Cristo Rey o de los campesinos perseguidos y organizados en precarias autodefensas de izquierda. Así nos fuimos sulfurando. Los muertos eran liberales acosados por ‘los pájaros’ para poder quedarse con sus ranchos los terratenientes godos. En esa convicción me acompañaba Vitatutas. Pero Víctor Mario insistía, respaldado por Ramiro, que también podían ser los otros, los rebeldes, quienes habrían cometido el genocidio.No nos quedó más que dirimir el conflicto a puñetazo limpio. Salimos del establecimiento mortuorio, y a la vuelta hacia la casa le tiré un pescozón a Víctor Mario, quien se me fue de frente a la cara y me arañó el pómulo izquierdo. “Peleas como una mujer”, fue lo único que le dije. Diez años me duró la cicatriz -que me comunicaba un aire de apache-, y que se me fue desvaneciendo con concha nácar y saliva en ayunas. Ya nos quitábamos las camisas para continuar la pelea hasta matarnos cuando sonó el toque de queda. Corrimos. Menos mal que todos llegamos a casa antes de que comenzara a rodar el carro fantasma.

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