En el fango del mundo

Diciembre 11, 2012 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

La primera novela que devoré con delectación, pues las que le había leído en las noches de la infancia a la abuela, a centavo página, eran un esfuerzo para financiar mis galletas negras, fue Flor de fango, de Vargas Vila, un escritor que posaba de genio con la razonable jactancia de que vivía como un rey de lo que escribía, tanto es así que García Márquez -cuando apañó su lluvia de oro- declaró que era el Vargas Vila de su generación. Su ostentación de talento más su panfletismo desaforado amén de las gotas de amargo morbo que deslizaba en sus tramas, me capturaron para la literatura cuando hube que escoger alguna actividad que no exigiera mayor esfuerzo (eso creía yo por entonces), de modo que me decidí por imitarlo en alguna de sus facetas, y me fui por la peor, que fue considerarme el putas de Aguadas en vez de hacer primero las gracias para merecerlo. Cuando ingenuamente propagaba entre mis amistades del café que consideraba a Vargas el mejor escritor del mundo, se burlaban en mi cara y me aclaraban que no se trataba de alguien más que de un chisgarabís con suerte. Y me esgrimían a Thomas Mann, verbigracia, obligándome a pasar a la defensiva y declarar sin sonrojo que consideraba La montaña mágica un cerro de m... Por ese tipo de cuchufletas me iba volviendo tristemente célebre. Mi vergüenza fue mayor cuando por Harold Bloom entereme que esa obra “es uno de esos productos de la alta cultura que hoy se encuentran en cierto peligro, porque exigen educación y reflexión considerables”. Para ver de logrármelas, los demás genios de mi equipo me podaron de epítetos, me hicieron zambullirme hasta tocar fondo en Joyce, Proust y Kafka, en Miller, Durrell y Nabokov, con lo que quedé repulido para embarcarme con etiqueta propia entre la fauna del arca de Noé de los literatos, que me desembarcó en los muelles de la torre de Babel donde estaban los extranjeros, con quienes me entendí a punta de señas. De suerte que pude no llegar a ser un gran escritor pero me vendí como tal, siguiendo a Bokowsky, y así me compraron, y aunque no he escrito todavía mi obra suprema ya me adelantaron las regalías que no tuve empacho en comerme en cucas. Que en mi caso actual no son propiamente galletas negras.  De Flor de fango pasé a Ibis a escondidas de mis amigos, para quienes posaba bajo el brazo con Alexis Zorba el griego, de Kazantzakis. Y los de Medellín me presentaron al maestro Fernando González para que aprendiera lo que era despotricar filosofando. Y me fui olvidando de Vargasvila y de las promesas que había hecho de magnificar su memoria, sintiéndome reo de deslealtad. Pero no olvidé nunca el fango de donde salía. Ni la arcilla de la que como mortal provenía allende la historia. Crucé mi adolescencia con zapatos combinados de camaján tirapaso por los barrizales del barrio Obrero, y, peor aún, la casa era sita en las lindes de la zona de tolerancia para más cieno, en cuyos bailaderos desembarraba las quimbas. Y para peor aún si es posible, los barros y espinillas escalaron mi frente, pómulos y mentón. Y después de cada polvo con mi pareja sentía que el alma se me llenaba de lodo. Cuando me matriculé en el portal de la nada supe que iba a ocupar y hacer brillar el vacío entre las paredes de una humilde vasija de greda.  Pero de pisar tanto légamo con poemas en la mochila me llegó el momento, cuando esos mismos poemas me concedieron el pasaporte hacia mundos desconocidos, de azotar mármoles con mis mismos pasos de bailes. Y hoy, mientras cumplo mis 72, revivo los barrizales antepasados poniendo en el equipo la canción del amado Pablus Gallinazo que dice: “En el fango del mudo se ve / cada huella como un corazón / corazones pequeños de niños pequeños / corazones grandes de botas quizás / Son las huellas del hombre que busca su tierra / y el niño que busca el amor de mamá”.

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