‘El Zurdo’

opinion: ‘El Zurdo’

En un tiempo fui tan sobrado de lote que no me daba...

‘El Zurdo’

Noviembre 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

En un tiempo fui tan sobrado de lote que no me daba cuenta de que andaba sin un centavo. Para la insolente juventud no fue acuñado el dinero. Paga con la presencia y hasta vueltas recibe. Disponiendo del don envolvente de la palabra. Dando respuesta a la pregunta antes de que sea formulada. Esgrimiendo las astucias de la paloma. La picaresca es bien vista en todos los tiempos, aun por los necesitados de lazarillos. Se hacía eco de ese eslogan de gaseosa: “Yo no pago. Paga Kolcana”. Uno era cocacolo, más interesado en peinarse con brillantina que en desarmar este mundo. Mejor encantar con la sonrisa Pepsodent. Por entonces tuve un amigo de extracción campesina y tan pobre y tan sin espíritu que ni leer ni escribir sabía. ‘El Zurdo’. Se me acercó por la calle a ofrecerme un taladro y me cayó bien. Acababa de salir de la cárcel y antes de que se le acabaran los zapatos quería reunir para comprar otros. Andaba con un periódico viejo debajo de la axila y masticaba un palillo para que todos creyeran que acababa de salir de la fonda. Se había hecho un sabiondo empírico de andar por todas partes ojo vivo y oído abierto, y solía sentar cátedra entre los contertulios del Café Colombia, profesores de la Santiago, que nos costeaban las cuentas.Nunca he oído a nadie con tanta gracia y desparpajo desbarrar del origen de las especies a los grandes conflictos socioeconómicos de nuestra historia. Lo hice mi secretario para que me recordara mis frases célebres, a las que él aportaba algún colofón. En la casa de mi familia -donde de vez en cuando lo llevaba de almuerzo-, hacía de todero. Revivía los bombillos fundidos con tenues golpecitos que recontactaban los filamentos, disimulaba las goteras del techo, desatascaba el inodoro con un alambre de colgar la ropa, con un golpe de karate partía los totumos mejor que papá con la sierra, le atenuaba el quejido a la mecedora. En mis pánicas bebetas me hacía de guardaespaldas hasta la puerta de la casa, que me abría con mis llaves, y seguía caminando sin rumbo fijo. Un día me dijo que había decidido darle un destino a su vida y que iba a tomar el oriente de la guerrilla. Que debía acompañarlo. La revolución no puede dejarse para pasado mañana. Mi compromiso no se compagina con la manigua, le dije, a sabiendas de que sonaría a cobardía. No avanzaría un kilómetro con mis mocasines de baile. Me comerían los zancudos y la malaria. -En realidad, no me sentía con alientos para cargar un fusil-. Además, pienso que es más efectiva mi palabra disociadora, si de conspirar se trata. Se trata de la guerrilla urbana, me dijo, de militar por las mismas calles. Sólo que soportando el secreto de la organización. Y me pasó un folleto escrito por Marighela, el legendario guerrillero de Salvador de Bahía, un manual de sabotaje contra todo lo que se mueve. Estoy marginado de la praxis, le dije, mientras le alargaba mi ejemplar subrayado del Libro del recto sendero. Yo llevaba un monje zen en el alma y a los tibetanos los había sacado la Guardia Roja de una patada en el tercer ojo. Quiero la transformación de la sociedad, si es preciso utilizando la fuerza, pero la de la conciencia despierta. Me miró como si fuera el aliado que nunca tuvo. Se echó el libro en el bolsillo de atrás y no volví a verlo. Lo vine a reconocer, muchos años después, hecho un guiñapo calcinado, en una foto de los escombros del Palacio de Justicia. Sólo entonces recobré la tranquilidad por haberle fallado a mi secretario. Aunque tampoco he alcanzado el satori o iluminación repentina anunciada por el señor Buda a quienes la buscan a través de los koans, que en mi caso son todos estos asaltos al palacio de la memoria. Sin premeditación ni meditación. Ni la revolución social ni la del espíritu. Ahora sí me toca pagar por lo que consumo. Y aquí voy, recitando sutras.

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